TAN FELIZ QUE ESTABA MEME POR LA FOTO CON PUTIN. QUE AHORA ALBERTO LE PIDA QUE NO ENTRE A LOS TIROS.

Hay ruidos de guerra, Rusia avanza sobre Ucrania a sangre y fuego, el mundo tiembla presa de un panic attack. Así que Alberto Fernández, que acaba de decirle a Putin que la Argentina será la puerta de entrada de Rusia en América Latina, medita y medita qué posición debe adoptar a la luz de tan trágicos acontecimientos. Por ahora baraja dos alternativas: pedirle que entre, pero no a los tiros, o cerrar la entrada con siete llaves. Tampoco descarta declarar formalmente: “Sepa usted, señor, que incurrí en un error de tipeo. La Argentina será la puerta de salida”. La cuarta posibilidad es que no decida nada.


Por Carlos M. Reymundo Roberts LA NACION La geoestrategia global del profesor se rige por una norma que en los ámbitos diplomáticos ya se conoce como la Doctrina Meme: “Así como te dije una cosa, ahora te digo otra”. Pragmatismo puro. Fuentes inobjetables del Gobierno me cuentan que el diálogo de madrugada, anteayer, entre Cafierito y Alberto no tuvo desperdicio. “Beto, empezó la invasión”, le avisa el canciller. Beto, que estaba maratoneando la serie colombiana Café con aroma de mujer: “¿Quién viene por nosotros? ¿La Cámpora? ¿Los correntinos?”. “No, los tanques rusos entraron en Ucrania. Me fijé en Waze, y en una semana pueden llegar a Kiev. Si van por la colectora, 10 días”. Beto: “Lo hablamos mañana temprano, tipo 11, ¿OK?”. Cafierito: “OK, pero para ganar tiempo me pongo a escribir el comunicado. Algo tenemos que decir”. El Presidente, ya más en sintonía:


“Dale, andá garabateando algo. Total, después se lo pedimos a Gustavo [Beliz]. Y preparame un buen dossier sobre Ucrania: dónde queda, si tienen algún equipo jugando la Champions y cómo es que se animan a invadir Rusia”. "En estos tiempos, hay un lugar en el que argentinos y rusos se encuentran"

Tras emerger de las sábanas a las 8, un horario totalmente desusado para él, Alberto consiguió poco a poco poner en orden sus ideas. Le explicó a Cafierito que como profesor de Derecho y presidente de la Argentina debía condenar esta flagrante violación a la soberanía e integridad territorial de un país independiente (“¿Qué diríamos nosotros si los brazucas avanzaran sobre Misiones, o si los ingleses se metieran en las Malvinas?”). Como presidente de la Celac estaba obligado a velar por los intereses de Cuba, Nicaragua y Venezuela, alineados con Moscú. Como presidente de un país endeudado hasta el caracú con el Fondo Monetario lo indicado era seguir a Estados Unidos. Como presidente de un gobierno kirchnerista correspondía atender los deseos de Cristina. Y como presidente de un gobierno peronista, permanecer en una posición neutral. “Ahora, Santi, redacten el comunicado”. Pobre Meme: lo feliz que estaba de tener una foto con Putin, de haberle dicho que la Argentina no debía depender más de Washington, sino de la KGB, y resulta que ahora su nuevo amigo le hace esta trastada. Alberto y Bolsonaro fueron los últimos colegas a los que el envenenador de opositores abrazó días antes de fagocitarse a Ucrania. El cuadro con la foto que lucía en el despacho presidencial de la Casa Rosada, un oprobio al mundo libre, ya fue descolgada. Tremenda contrariedad para Putin: de haberlo sabido, frenaba la invasión. En su última columna, Joaquín Morales Solá plantea la extraña fascinación del kirchnerismo por el líder ruso, un tipo de la derecha reaccionaria, homofóbico, xenófobo, misógino, violador de los derechos humanos e imperialista. ¿Qué le ven a esta monadita de hombre? Muy sencillo: hace 22 años se adueñó del país y no lo largó más. Fue por todo y se deshizo de los Macri que fueron apareciendo. Un régimen autoritario disfrazado de democracia, ultranacionalista, con la prensa libre maniatada y la Justicia intervenida, en el que empresarios asociados al Kremlin construyen fortunas incalculables; por ejemplo, Roman Abramovich, alias Cristóbal López, y Alexei Mordashov, alias Lázaro Báez. El paralelismo con los Kirchner termina ahí, porque Putin es inmensamente rico.

Hay un lugar en el que rusos y argentinos de estos tiempos se encuentran y enjugan sus penas: el exilio. Rusos raros que en número creciente escapan de Putin porque les parece intolerante, y argentinos inconformistas que pretendían del profesor las prestaciones de Angela Merkel. De paso: ahora que la excanciller alemana se quedó sin trabajo, ¿no sería una gran cosa importarla? Que venga como asesora uno o dos años, con un buen sueldo en euros. En serio lo digo. A Martín Guzmán le daría una mano en la dura negociación con el FMI y en las durísimas negociaciones con Cristina; a Cafierito podría explicarle cómo funciona el mundo, y que a Cabandié le cuente que se está incendiando Corrientes. Así como Macri tuvo durante años, a sol y sombra, al ecuatoriano Durán Barba, que Alberto haga un upgrade y se pegue a Merkel. Pasaría de depender de una mujer a depender de otra. Bueno, Angela, no se me enoje; era solo una idea.

También sería bueno incorporar al Gobierno al influencer Santiago Maratea: colecta para saldar la deuda con el Fondo, colecta para combatir la inseguridad, colecta para pagarle las dos jubilaciones de privilegio a Cristina. El mundo se pregunta por estas horas cuándo cesará la brutal incursión de Putin. ¿Mi sensación? Cuando llame Alberto y lo levante en peso.

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