Macri lo hizo: El retorno de los “K”, los miedos y las sombras.

Hubiera bastado tan sólo un poco de voluntad, un esfuerzo ni siquiera demasiado grande, un poco nada más de sensibilidad social y algo de coherencia en el manejo de la economía y el kirchnerismo no regresaba más. Mauricio Macri hubiera ido por una segunda presidencia y Cristina Fernández hubiera languidecido como una líder opositora, pero muy difícilmente regresado ocupando una de las dos magistraturas más importantes del país.

Un importante porcentaje de los votos que consagraron a Mauricio Macri presidente nunca fueron “macristas” sino que provinieron de ciudadanos que no querían más la continuidad del kirchnerismo, no era un voto fidelizado ni mucho menos cautivo. Provenían esos votos de sectores que habían visto cómo la sociedad se deterioraba en sus valores sociales y de qué manera la Justicia se convertía en un concepto subjetivo, donde una errada política de derechos humanos trastocaba la situación convirtiendo a los delincuentes en víctimas sociales.

La República Argentina se formó a partir de tres corporaciones: los comerciantes (el capital extranjero), los militares (no hubo 25 de Mayo hasta que Cornelio Saavedra no sacó a los Patricios a la calle) y la Iglesia (el bajo clero obró como el gran folleto de la “Revolución”). Esas tres corporaciones manejaron los destinos del país durante dos siglos hasta el kirchnerismo que destrozó a los militares y comenzó a horadar las bases espirituales de la Nación.

Bien es cierto que los militares jamás debieron salir de sus cuarteles para inmiscuirse en la vida política. Pero fueron los “idiotas útiles” de los intereses foráneos que los enviaban a derrocar gobiernos populares para cuidar los beneficios de las multinacionales, todo avalado por la jerarquía católica que siempre fue cómplice de las violaciones a la Constitución Nacional.

Pero una cosa era apartar a la clase militar de la política reduciéndola al lugar que naturalmente le corresponde por mandato constitucional y otra muy distinta dejar a la República indefensa, yendo incluso contra el pensamiento del propio Juan Domingo Perón que tenía a la defensa nacional como uno de los postulados irrenunciables de un país. El kirchnerismo terminó la obra iniciada por Carlos Menem y con el desguace de las Fuerzas Armadas se animó un sentimiento generalizado de anomia y anarquía.

La Iglesia Católica fue despojada de su poder político y de su influencia sobre la población laicizando la educación, lo cual es bueno, porque una República no puede ni debe ser regida por el dogma. Un ciudadano que no razona es una oveja en manos de pastores; en este caso, pastores que eran lobos con piel de oveja. Pero de allí a predicar la licitud de todo procedimiento contra natura hay una distancia que una vez superada, no tiene retorno.

Las clases medias y altas se incomodaron con este desorden social que promovió el kirchnerismo bajo la forma de derechos, en el imaginario colectivo de la Argentina se mantienen al rescoldo los valores heredados de la modernidad como Dios, la Patria y la Familia, todas categorías contra las que el kirchnerismo avanzó instalando modelos que en todos los casos resultaban la antítesis de las mismas.

El argumento de que durante el kirchnerismo se practicó una verdadera justicia social es una realidad con bastantes claroscuros, ya que si bien se tendió a la protección de la mujer, en particular de las madres solteras, de la ancianidad y las amas de casa, de los desocupados mediante la integración de planes sociales, lo cual estaba bueno desde que proponía mantener la dignidad de las personas, el error fue no completar esa acción con la generación de trabajo genuino, por ejemplo, institucionalizando de esa manera un asistencialismo demagógico que terminó en un clientelismo dominante.

Ningún país puede crecer sobre la base de la dádiva, y el kirchnerismo se quedó a la mitad procurando asegurar el poder promoviendo la caída de la ilustración y de la conciencia del trabajo en la sociedad. Hacia fines del gobierno de Cristina Fernández un porcentaje importante de la sociedad no trabajaba, nunca había visto hacerlo y no estaba dispuesta a hacerlo.

La sanción de la Ley Nacional de Educación que reemplazó a la Ley Federal de Educación menemista que había fracasado volvió todo a un punto de unitarismo centralista desde se promovió una caída académica que ahora costará años restablecer. Los pedagogos internacionales estudiando el caso argentino afirmaron que para levantar el nivel de conocimiento en el país sería necesario tomar la decisión política hoy de realizar una reforma educativa, luego esperar veinte años para que una generación se forme en esos postulados y luego otros veinte años para que esa generación pueda enseñar a la siguiente y así consolidar un modelo de país.

Es decir, el atraso educativo en la Argentina tiene medio siglo.

El pago al Fondo Monetario Internacional fue utilizado como la prueba del ejercicio de una soberanía ficticia porque nunca se habló de la deuda privada –Club de París, por ejemplo- que sumaba ingentes millones de dólares más, como tampoco se estableció una política comercial acorde con el ritmo del mundo ni el nivel cambiario. El campo, fuente principal de ingresos del país se convirtió en el enemigo del gobierno, no hubo ningún intento de industrialización y las privatizaciones de las “Joyas de la Abuela”, Aerolíneas Argentinas y la empresa YPF, resultaron en negociados que le costaron al país más caro que haberlas mantenido como estaban. Todo esto mencionado de manera muy gruesa, por supuesto.

La inseguridad pasó de ser una sensación para convertirse en una realidad lacerante, con un nivel delincuencial nunca antes visto y con malhechores protegidos desde la ley, hubo si se quiere un empoderamiento del delito; y lo que debió ser el ejercicio de una verdadera justicia se tornó en una revancha contra los acusados de delitos de lesa humanidad, donde pagaron justos por pecadores. La cárcel fue el destino de muchos que sólo tenían portación de profesión o de apellido.

Se montó un relato subjetivo para engañar a los más jóvenes y menos ilustrados haciéndoles creer que la historia argentina comenzó el 24 de Marzo de 1976 cuando una casta de militares degenerados –muchos de los cuales sí lo eran- salían en las noches a cazar ciudadanos por deporte. Es innegable que las Fuerzas Armadas fueron asaltadas por militares que deshonraron a su uniforme, a su Institución y a su Patria, una caterva de mesiánicos católicos, narcotizados por un concepto de nacionalismo y a sueldo de la CIA, formados en la Escuela de las Américas de Panamá a quienes les lavaron el cerebro para buscar enemigos dentro de las fronteras del país, pero fue un daño calculado el meter a todos en la misma bolsa.

Los párrafos antecedentes sólo son una grosera descripción de las causas que contribuyeron a que una “rara avis” auto titulada “Cambiemos” lleva a Mauricio Macri al poder. Muchos votaron el mal menor “con tal que los otros se vayan”. Y se fueron, pero lo que vino resultó en un gran fiasco nacional.

Los que más o menos entienden algo de política no esperaban un gran gobierno de Macri, el imperativo era que se fueran “los Kirchner”, nada más. Y el PRO-CAMBIEMOS transitó los últimos cuatro años dando una lección de mediocridad, falta de programa, autismo político y soberbia empresaria.

Hoy se puede afirmar que la Administración Macri fue una gran estafa. Como los gusanos su tránsito fue lento, avanzaba, arrugaba y volvía a avanzar. Una política de “prueba y error” esperando un “segundo semestre de despegue” que jamás llegó.

Hubo avances en materia de infraestructura, es cierto, pero algunas obras públicas no bastaron para satisfacer las necesidades de un pueblo que clamaba por educación, salud, justicia y por supuesto, comida.

El gobierno de Mauricio Macri saqueó a los argentinos promoviendo una inmensa transferencia de fondos de los bolsillos de los ciudadanos a las arcas de las empresas mediante una exacción tarifaria que superó los límites de la tolerancia y del buen tino. El gobierno se convirtió en el recaudador medieval que se llevaba hasta la última moneda del palurdo, y el que no podía pagar iba a dar con sus huesos a la cárcel; en este caso no hubo prisión pero sí una caída en la calidad de vida de los argentinos que no se veía desde la década de 1970… y quizás ni siquiera tanto.

Durante la campaña, Mauricio Macri había prometido terminar con “la grieta”, sin embargo, gobernó sobre la grieta, la amplió incluso. Montó shows mediáticos mandando a la cárcel a personales emblemáticos del kirchnerismo que ahora, sobre el final de su mandato van a salir de las celdas convertidos en algo cercano a héroes sociales.

El gabinete de Macri “el mejor de los últimos cincuenta años” se olvidó de la gente, no le interesó siquiera, la cuestión social ni siquiera fue mencionada en un discurso, sólo el número, la cifra y la estadística gobernaron en el país mientras millones se hundían en la pobreza más indigna. Arriba, una clase empresarial se enriqueció impunemente a costa de la vida de ciudadanos que creyeron en Macri y terminaron siendo víctimas de su gobierno.

Por eso Mauricio Macri es el primer kirchnerista. El regreso de los “K” es una consecuencia directa del gobierno más mediocre y más letal que haya tenido el país desde el regreso de la democracia.

¿Qué le espera a la Argentina desde el 10 de diciembre? Es preferible pensar que es una gran incógnita, a modo de una suerte de esperanza, porque lo que se avizora hasta ahora es un “revival” de la decadencia moral que gobernó hasta hace cuatro años, quizás agravada por el resentimiento. Esa esperanza pide que no se repita otro 25 de Mayo de 1973 cuando Abal Medina desde las torres de la cárcel de Devoto blandía el Decreto del “compañero Cámpora” liberando a todos los presos políticos, entre los cuales había terroristas condenados por asesinatos.

Ojalá no sea una privatización de la inmoralidad pública legitimada con una reforma de la Constitución Nacional que por ejemplo, reduzca el Poder Judicial a un “servicio de justicia”, lo que pondría a los argentinos a merced de Termidorianos franceses como los que se cobraron 17.000 cabezas durante la Revolución.

Esa esperanza abriga el deseo de que Alberto Fernández que aparenta ser un moderado sea vapuleado por la embriaguez de poder que envuelve a Cristina Fernández y pueda contener a “La Cámpora “ capitaneada por un altanero como Máximo Kirchner, aunque se ve difícil que un solo hombre pueda contra tamaña organización.

La esperanza también de que no se corrompa aún más a la sociedad dándole poder en lugar de proteger derechos a los colectivos sociales que arrasan las ciudades. Que no se justifique el delito como una consecuencia del capitalismo y el asaltante, el timador o el violador terminen siendo ciudadanos y los ciudadanos parias.

El próximo gobierno kirchnerista no tendrá los famosos 100 días de luna de miel, si en ese tiempo no se han prodigado medidas que moderen los sufrimientos de las clases más desplazadas y se recomponga el tejido social, habrá que rogar que no se haga realidad aquel axioma de Perón: “Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”.

Porque al fin de cuentas, la esperanza es lo último que se pierde. Si se pierde ahora, se perderá el país.


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