Aplaudir no es creer… ni querer…

Los vericuetos de Urtubey ante Néstor y Cristina

Que el joven gobernador que asumía en diciembre del 2007 no gozaba del más mínimo afecto de parte de un Néstor Kirchner (y señora) en el apogeo de su poder y ambiciones, no resultaba ninguna novedad para los conocedores y consecuentemente acertados analistas del tablero político argentino.

Por entonces, los adláteres del kirchnerismo originario de entonces, como por ejemplo el hoy furibundo opositor a Cristina, Hugo Moyano, no bajaban al salteño de gorila, oligarca, cholo y demás sinónimos y desconsideraciones dialécticas. Luego la lista continuaba con centuriones K como el inefable D´Elía o la indiscutiblemente protegida y privilegiada Milagro Sala con su organización Tupac Amaru.

Todo –va de suyo- con el máximo beneplácito del matrimonio que se auto proclamaba con orgullo “pingüino…”, y que planificaba, así como lo hicieron los Onganía de todos los tiempos, un poder para –“de arranque”- no menos de 20 años. Después, ese delirio, se transformaría en el sueño, también proclamado sin rubores, de una “Cristina eterna” o –hablando ya del presente- en una “Cristina que vuelve en cuatro años” tras el eventual “interinato” de Daniel Scioli que tampoco respetaron jamás ni respetarán.

Casi –subráyese este casi- como a Urtubey, a quien no tuvieron ocasión de convertirlo en felpudo, aunque sí en delegado en vez de gobernador y también en “aplaudidor”. Rol penoso que debieron pagar todos los gobernadores oficialistas so pena del castigo del poder central de un país donde el federalismo sigue siendo una utopía.

Pero con su juventud jugándole a favor, sumada a su probada y blindada personalidad de ambición de poder, Juan Manuel –al decir de sus íntimos y de su legión de becarios- pasó la década perdida tragando hiel y escupiendo sacarina, tal como lo testimonian decenas de actos de pura alcahuetería como por ejemplo los de infinidad de “cadenas nacionales” con la claque de asistencia perfecta presente para aplaudir y –a veces- firmar la gracia de la reina refinanciando deudas provinciales.

O convocatorias más recientes y más traumáticas para los frágiles humores gástricos de Urtubey, como el reciente, obligado e indigerible “codo a codo” con Milagro Sala en Jujuy, ahora socia electoral del delegado jujeño de Cristina, Eduardo Fellner, que se juega por otra reelección.

Pero hoy, con Cristina destinada al retiro dorado de los jefes de estado multimillonarios pero sin la batuta política dada la tradición histórica del peronismo post Perón que desde su muerte no generó un verdadero líder, Urtubey se va despojando sin mucho disimulo de su disfraz de cordero.

Así es cómo, en la recta final de la campaña presidencial, supo ubicarse a la diestra de un Daniel Scioli evidentemente necesitado de sustentos no sólo políticos sino también académicos en todos los órdenes que requiere la jerarquía de un presidente de la nación.

Seguramente que por estas horas, en los momentos de las soledades del poder, Juan Manuel Urtubey repasará una y mil veces la película de su vida política, signada por cierto por una buena estrella que hasta aquí lo protegió de estrellarse. Por el contrario, le va alumbrando una perspectiva de trasvasamiento generacional ineludible para el peronismo donde los dirigentes setentistas marchan hacia el destino del retiro dejando los espacios para los jóvenes de los tiempos de Urtubey.

Es en ese tablero del ajedrez de la política argentina inminente (hablemos de cuatro años, o sea del próximo mandato presidencial) donde merced a ese proceso de cambio Urtubey se sabe, y se ve cómodo. Naturalmente optimista.

Y no es descabellado su pensamiento al imaginar en tan corto plazo un peronismo siempre presto a demostrar su ambición legítima de poder, pero sin la presencia en primera línea de muchos históricos. Unos meritorios y otros… no tanto.

Sabe mejor que nadie nuestro comprovinciano que Daniel Scioli no es ni por asomo el hombre que Cristina quería designar al mejor estilo monárquico, así como hizo con ella su difunto esposo cuando anticipaba su sucesión decididamente con una “pinguina”. Y que por ello la presidenta tuvo que contentarse –si cabe el término- con colocarle a su hasta aquí fiel servidor la tobillera de control del ignoto Carlos Zaninni como candidato a vicepresidente de los 40 millones de argentinos, como suele proclamar la cadena nacional proselitista de estos tiempos.

Con buen ojo y su proverbial pasión por el poder, que por cierto fue reconociendo en forma paulatina y creciente a partir de aquello que parecía una aventura en el 2007 cuando desafió y derrotó al hasta allí su amigo, padrino, líder y conductor indiscutido Juan Carlos Romero, hoy Urtubey se pasea por el país como un virtual copiloto del candidato oficialista pero ya no con el triste papel de aplaudidor sino el de un cotizado asesor político e ideológico.

Es más, en su otrora disimulada osadía, hoy por hoy el gobernador de esta Salta que al igual que su ahora odiado antecesor Romero abandona y maneja por control remoto y consecuente deficitaria gestión, se anima a pegar el grito y contradecir postulados que para el kirchnerismo cristinista son palabra sagrada. Por ejemplo la mentira inconmensurable sobre las cifras de la pobreza y ni hablar de las de la inflación.

Así, mientras el más amado alfil de la presidenta, Axel Kiccillof, proclama tanto aquí como en las Naciones Unidas y en el resto del mundo que por estos lares no se cuentan los pobres porque hacerlo significaría estigmatizarlos, discriminarlos; Urtubey saca los pies del plato y les responde a ambos (a Cristina y a Axel) con sorprendente lenguaje para su prosapia, que la verdad es que los pobres existen y peor aún… tanto en Salta la Justa como en el resto de las provincias ¡se cagan de hambre!.

Sin duda alguna que en su especulación de jugar a futuro ahora al lado de su nuevo y circunstancial líder que bien sabe que no es tal, Urtubey se solaza a la sombra de Scioli cual un nuevo príncipe de la corte que se apresta al abordaje del poder que no pudo asegurarse el kirchnerismo puro precisamente por la falta de un verdadero líder para la sucesión. El otro “pingüino” posible era sabido que no tenía pinet ni para boy scout de la política, y la hermana Alicia igual… o peor.

Por eso Scioli está. Y los Juanes Manueles –que no son muchos- lo saben.

Y se animan…

Por eso está Sergio Massa jugando la suya con idéntica esperanza que Urtubey, aunque a diferencia de éste él ya lo haga para el desafío de este 2015 mientras que “el nuestro” repasa las virtudes de Job y ojalá lo haga, sin olvidar en lo posible, y fundamentalmente asumiendo un acto de contrición que hoy por hoy parece absolutamente imposible, lo que aquel pensaba con plena convicción del avance y asalto de los impíos.

Aquel Job bíblico que en su gigantesca obra no solo religiosa sino de la literatura universal “sintió en carne propia el eterno problema del mal, que se plantea en toda su agudeza cuando el justo padece, mientras el impío goza de prosperidad…”

A quienes por estos escenarios actuales del mundo les calcen semejante sayo… pues que se lo pongan. Entonces seguramente tendrán más culpas los que en esa prosperidad lo son y para peor amparan a sabiendas tantos impíos. Sus cortesanos.

Volviendo al enfoque del Urtubey de estos días de encarnizada campaña electoral presidencial, el reacomodamiento y promoción de su imagen no sabe de pausas ni tampoco de prisas. Lo importante es que está más adosado a Scioli que el mismísimo Zaninni, al que –dicho sea de paso- nuestro gobernador, con la mejor de sus sonrisas de Bello Otero –al decir exacto del talentoso Jorge Asís- también le arroja de vez en cuando algunas flores. Aunque se sospecha son de papel crepé. ¡Y violetas!, como las de las coronas del dos de noviembre.

Otra vez la buena estrella y el viento de popa para la barca de un Urtubey en cuya bitácora se marca como un puerto soñado el año 2019 con una Casa Rosada y el sillón de Rivadavia. Y la lapicera…

Escenario donde el que se instala alguna vez tendrá que desechar sentirse y proclamar ¡L´Etat c´est moi!... ¡El Estado soy yo!

Y eso –está visto- puede costarle un gran esfuerzo a nuestro gobernador. Aunque tal vez con su par de buenas influencias quien dice… cambia. Madura. Corrige. Mejora.

Decíamos de las definiciones actuales de Urtubey que por supuesto irritan a la irritable Cristina Kirchner.

Hace horas no más, cuando la respetable en sus luchas por la recuperación de los nietos robados por la dictadura, señora Estela de Carlotto reconocía ante los argentinos que el kirchnerismo en el que milita fervorosa ve en Scioli una marioneta al que le prestarán la lapicera por un mandato, mientras aguardan el retorno de la carroza con Cristina a bordo; Juan Manuel -el salteño “gorila y oligarca”- la cruzó sin anestesia.

Obviamente reivindicando a su nuevo amigo.

Al igual que lo hizo con la ultra cristinista diputada nacional Diana Conti cuando -ratificando su condición mezcla de kamikaze y centuriona- saltó al ruedo para refrescarle a Scioli y compañía el tatuaje que dice que su eventual presidencia sería sólo una “transición” en espera de Cristina 2019.

Evidentemente la primavera electoral también trajo el rebrote de las ideas de Urtubey que por largos inviernos no aparecieron, temerosas de los gélidos vientos patagónicos.

Así hoy se desgañita ante cuanto micrófono se le acerca o puede contratar para enrostrarle a su propia presidenta que con su modelo el pobre “se caga de hambre” y –de yapa- que la Argentina de la “década ganada” tiene que cerrar esta larga página a la venezolana, a la china o a la rusa, volviendo a renegociar sus deudas defaulteadas para reinstalarse en el concierto de las naciones del mundo que no equivocan tanto el camino como lo hizo el kirchnerismo setentista de visión corta.

No hace falta investigar mucho para hallar los rasgos de la nueva estrategia de Urtubey. Ya se puede leer en los portales y escuchar en los noticiosos (siempre atentos a los movimientos del promisorio joven peronista norteño) que en su nuevo papel de ideólogo del ideológicamente paupérrimo Scioli éste ya le habría asignado la vital misión de –ya sin Cristina al timón- buscar una salida para la deuda impaga argentina. Incluida –claro está- la de los fondos buitres. Aunque ese tema, para los kirchneristas fundamentalistas, sea pecado mortal siquiera mencionarse.

Estas son las cuestiones que ya no pueden ocultarse desde el poder, y que tienen en el gobernador de Salta un protagonista central que en su legítima aspiración política mira el horizonte del peronismo, de su partido, de su movimiento, a cuatro años vista, seguro que allí no reaparecerán los elefantes blancos con los que nació y se crió más que mimado.

Es decir los Romero (por citar un orden de sus máximos padrinos), los Duhalde, los De la Sota, los Rodríguez Sáa, los Menem, los Fellner, los Alperovich, los Gioja, los Beder Herrera, los Fernández, los Urrivarri, los Capitanich, etcétera.

En contrapartida, y como fruto de esa renovación generacional impostergable más por imperio de la naturaleza que pos renunciamientos, si podrán anotarse para entonces los Massa y los Urtubey.

Entonces ¿cómo no entusiasmarse como evidentemente lo está hoy el gobernador salteño sobre su propio futuro?

Algarabía y optimismo que lo tornan imprudente a la hora de descuidar su gestión, que es lo mismo que decir a la hora de descuidar su compromiso con el conjunto de la sociedad salteña. La que lo honró –como lo hizo con Romero- nada menos que con tres mandatos constitucionales.

Extensión final con tinte indisimulable de Cesarismo –ése mal endémico de las incompletas democracias actuales de estas latitudes- del que nosotros tampoco escapamos, pero está visto, finalmente los pueblos castigan.

El calendario se deshoja hacia este octubre trascendental para los argentinos.

En el apasionante tablero, además de los presidenciables que no apasionan en grado sumo a los ciudadanos, salvo a sus elencos militantes, un salteño nada como un delfín.

Como lo que fue en el arranque de su carrera.

Y que hoy presume de tiburón –valga la figura escogida sólo para referir su fuerza- en el tormentoso y difícil océano de la política.


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