Feliz viaje…


El adiós a Carlos Vernazza, colega, amigo

Carlos Vernazza emprendió su último viaje. De tanto andar por el mundo, que al cabo era su casa, ya no tenía hojas en su pasaporte terrenal, por eso el señor viejo con unas alas muy grandes abandonó por un instante el cuento de García Márquez y, vistiéndose de funcionario de aduana, el añejo ángel le extendió un pasaporte celestial el cuál no tiene fecha de vencimiento.

Tomó su bolso de mano, le dio un beso a María, su compañera, y sentado en las alas de un avión remontó vuelo. Los que quedamos en tierra levantamos las manos en señal de despedida y él, con rostro serio y adusto, contestó con una mueca que significó un “hasta pronto”.

Aquí quedaron un montón de historias y anécdotas de su paso por la vida, de su calidad humana, de su sapiencia profesional, de su alma docente, de su corazón peregrino, de su capacidad para enseñar, de su humildad para aprender, de su perfecta oratoria ante el auditorio, de su mente siempre abierta para escuchar.

Compartimos horas de diario. Llegaba temprano a la redacción y saludaba a todos, desde el primer jefe hasta la señora de la limpieza. Y se iba con las primeras horas del otro día, con el primer ejemplar de El Tribuno debajo del brazo, como corresponde a un jefe de Redacción -era sub director- de verdad, como el diario jamás volverá a tener.

Tuve la suerte de cimentar una relación de amistad tan fuerte que un día me invitó a comer a su departamento a Buenos Aires. “Gordo, aquí invité sólo a tres personas en mi vida: a don Roberto Romero, al doctor Juan Carlos Romero y ahora a vos”, me dijo en la puerta. “Y eso que vos sos un Gordo grasa”, agregaba. Y se reía.

Tengo mil y una anécdotas para contar de él. Como aquella vez que el diagramó la cobertura del primer ascenso de Gimnasia y Tiro. Yo era un soldado raso, los jefes de la Sección eran otros, pero el Profe siempre me escuchaba. Yo estaba en desacuerdo con ese diagrama y se lo hice saber. “Profe, lo que usted diagramó es una cagada”, le dije. Me contestó: “Ya la diagramé así y no hay vuelta atrás”. Insistí: “Está todo mal, creo que deberíamos cambiarla”, y ahí le expliqué cómo deberíamos trabajar. No hubo caso.

Me fui de su oficina y a la media hora me llamó por teléfono. “Vení que quiero hablar con vos”. Fui y me dijo que iba a cambiar la forma de la cobertura por la que yo había elaborado. “Vamos a trabajar como decís vos”, me confió. Me di vuelta para volver a mi escritorio y me frenó en seco. “Escuchame, que sea la última vez que me decís que lo que yo diagramo es una cagada, ¿me entendiste?”. Di la vuelta a su escritorio y nos abrazamos. Sólo una gran persona y un gran Jefe cambian de idea cuando se da cuenta que lo importante es que las cosas salgan bien sin importar de quien fue la idea.

Carlos Vernazza, qué gran tipo.

Tengo sensaciones encontradas. Por un lado la tristeza de la partida de un amigo, y por otro lado, la alegría de haberlo conocido. Gracias Dios por haberme puesto un día en el camino de la vida de tamaña persona. Soy un privilegiado por ello.

Feliz Viaje Profe, lo voy a extrañar. Y gracias por lo que hizo por mí y por mi familia viejo y querido amigo.


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