PASO provinciales 2015: Lejos del final deseado


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Las urnas sí se manchan

No puede existir peor resultado para cualquier gobierno en cualquier elección, que su epílogo no sea el de haber logrado una verdadera fiesta de la democracia, de la soberanía del voto, de la soberanía popular. Con un epílogo que sea un espejo de madurez cívica y convivencia de gobernantes y gobernados. De mandantes y mandatarios. En suma, de dirigentes ejemplares.

En esta Salta que se presentaba ante el país como la vanguardia de un año sobresaturado de elecciones con calendarios desdoblados entre las provincias y la Nación, lamentablemente ese resultado de civilidad y cultura política se vio frustrado.

Y esto es así porque la realidad política reeditó –primero- una polarización entre dos proyectos de poder insertos en el justicialismo, y consecuentemente una virtual desaparición de los partidos políticos de distintos signos que, ente semejante cuadro, debieron resignarse a un rol de extras de la película. Actitud ésta de los que quedaron afuera de las posibilidades reales, por cierto ponderable como expresión de convicciones ideológicas y de los valores éticos y morales de la política entendida y asumida como compromiso de vida.

En esa puja, el gobierno de Juan Manuel Urtubey no aportó en lo más mínimo lo que todo gobierno que se precie de democrático tiene la obligación constitucional de ofrecer al conjunto de la sociedad y para estas instancias particularmente a todas sus expresiones políticas: garantías, transparencia, tolerancia, ejemplaridad y reglas de juego que aseguren por igual las seguridades de un proceso limpio.

Por el contrario, y alentado por las desbordadas ambiciones de su cabeza, exponente hasta patético de lo que significa la Cesarización del Poder, el gobierno provincial cerró las puertas de todos sus despachos bajo la consigna típica del kirchnerismo que impera en el país, de considerar a todo pensamiento y opinión crítica y de oposición como un enemigo al que se debe exterminar.

Juan Manuel Urtubey, que proclama con inusitada soberbia y sin rubores desde su pubertad en la política (o sea cuando militaba fervorosamente en el romerismo) estar convencido de poseer como ninguno el óleo sagrado de Samuel, bajó esa orden a sus coroneles, socios y contratados, centrando obviamente la mira de sus iras y misiles en la testa de su ex amigo, compañero, promotor y padrino, Juan Carlos Romero. El mismísimo líder y conductor que –se supone- lo inspiró en su mejor momento de lucidez intelectual y maduración filosófica, doctrinaria y política a escribir su obra cumbre “Sembrando Progreso”.

Así las cosas, y dejando por hoy de lado ese antecedente de su fervoroso libro militante, Urtubey encaró la campaña, chequera en mano naturalmente sin cofirmante ni límites, apuntando pura y exclusivamente a Romero; al que quiso y sigue queriendo verlo preso… o como consuelo y cuanto menos, testimoniando en alguno de los tantos despachos de la Ciudad Judicial que él mismo (Urtubey) pobló de amigos. Al estilo de las “Carreras Judiciales” de los soldados kirchneristas de Justicia Legítima y… por supuesto, de La Cámpora.

Un gobierno sin un Ministerio político que cumpla la misión que inspiró para su creación el espíritu de los legisladores de cualquier Estado democrático, y que en el ámbito de la actividad política no puede ser otra que la de alentar sin retaceos ni mezquindades el libre funcionamiento y expresión de sus instituciones básicas como lo son los partidos políticos, no puede jamás preciarse de ser un gobierno democrático.

Sólo desde el fanatismo, la ignorancia de la historia y de las más elementales normas de la moral y ética de la política como una de las actividades más dignas del ser humano, puede un zopenco con rango de ministro proclamar, a horas del sagrado derecho de votar de todos los ciudadanos, que su gobierno, su sector, ganaría las elecciones “de cualquier manera…”. Ergo: manchando las urnas.

Hoy aquí y ahora, desde el gobernador hacia abajo, sin excepciones, la palabra respecto al pensamiento distinto, al pensamiento crítico, al pensamiento de la oposición, no es otra que la denostación, el ninguneo, el agravio y el desborde de la bajeza de las campañas sucias. Sin que falte el repudiable recurso de la violencia, lamentablemente repetido en esta primera campaña de las PASO.

Todo, todo, bajo el ojo supervisor de quien es por imperio de la Constitución el responsable los actos de un gobierno.

Cierra así Urtubey este proceso eleccionario provincial sin poder lucir la aprobación del conjunto de la sociedad sustancialmente por la falta de transparencia y de garantías de un sistema de votación electrónica que de ahora en más queda en el concepto del ciudadano como absolutamente sospechoso y hasta fraudulento.

Algo huele mal en Salta, señor gobernador y aspirante a la Presidencia de la Nación en un futuro no lejano.

La frase, por cierto, remeda aquello de “algo huele mal en Dinamarca” que quedó acuñada por el genio de Shakespeare para siempre y con carácter universal para graficar con contundencia situaciones como las que hoy comentamos aquí, y que denuncian lisa y llanamente actos de corrupción de un gobierno.

Y un gravísimo acto de corrupción de cualquier gobierno y en cualquier lugar es sin duda el manchar las urnas.

Algo huele mal…

… y no en Dinamarca precisamente.


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