Las rocas del monumento a Güemes

Ubicado al pie del cerro San Bernardo, este hermoso y singular monumento recuerda la memoria del héroe de la gesta independentista del cono sur americano. Resulta un monumento singular porque fue construido íntegramente con rocas viejas de Salta y por el hecho de no haber sido revestido con ninguna otra roca ornamental. Generalmente los monumentos van recubiertos de placas pulidas de granitos o mármoles las que son ajenas a nuestra región. Como ejemplo, el monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales, en la céntrica plaza 9 de Julio de la capital salteña, está revestido de un hermoso mármol rojo pero de origen foráneo. Y lo mismo ocurre con otros monumentos que testimonian y visibilizan la historia patria en las distintas plazas, parques y jardines.

El monumento al general Martín Miguel de Güemes fue construido con grandes bloques de cuarcita rosada. Esa cuarcita forma parte de lo que el Dr. Oscar Ruiz Huidobro, en la década de 1960, designó como Formación Mojotoro. Las cuarcitas junto a otras capas de arcillas gris verdosas se formaron en una plataforma oceánica unos 470 millones de años atrás. Desde entonces sufrirían muchas convulsiones geológicas hasta llegar a la última, la andina, que levantó ese viejo piso del océano y lo colocó inclinado en la posición en que hoy descansa. Ello dio lugar al bloque tectónico de la Sierra de Mojotoro que separa los valles de Lerma al occidente y el de Siancas al oriente.

En aquella época primigenia, lo que hoy es la geografía salteña se localizaba bajo las aguas de un mar frío en el contexto de Gondwana. El continente emergido se encontraba hacia Paraguay y Brasil, mientras que el mar iba desde niveles de plataforma somera en gran parte del norte argentino y se hacía más profundo hacia la Puna y hacia Chile donde se alcanzaba los niveles abisales. La paleogeografía de la región era muy diferente en aquellos remotos tiempos del periodo Ordovícico de la era paleozoica. En esa época no existían todavía los vertebrados ni las plantas a excepción de formas muy primitivas de musgos o líquenes. No había árboles, ni peces, ni aves, ni anfibios ni nada de lo que hoy viste y engalana los continentes. Los primeros peces (Sacabambaspis) y las primeras plantas (Cooksonia) aparecerán muchos millones de años después. Toda la vida se desarrollaba en las aguas someras marinas y estaba formada por un sinnúmero de invertebrados, especialmente artrópodos como los trilobites, braquiópodos articulados e inarticulados, gasterópodos, bivalvos, graptolites y otros grupos de animales marinos completamente extinguidos. Estos organismos se conservan como fósiles en las rocas del cerro San Bernardo.

Un detalle de la geología del cerro puede encontrase en mi libro: “Rocas y Fósiles del Cerro San Bernardo. Una historia de 500 millones de años” (Crisol Ediciones, 156 p., 2008, Salta). En aquellas viejas playas marinas de la Salta pretérita se depositaban fangos o arenas. Los fangos se convirtieron en rocas arcillosas y son los que contienen muy bien preservados a los exoesqueletos fósiles de invertebrados. Las arenas blancas, formadas por cuarzo cristalino, dieron lugar a areniscas las que por los procesos de enterramiento o diagenéticos se transformaron en cuarcitas. Las cuarcitas son arenas de cuarzo cementadas por cuarzo. El color blanco original se tiñó de rosado a causa del hierro férrico que actuó como un cromóforo.

La acumulación de las arenas blancas en las viejas playas era muy parecida al que puede verse en las playas actuales, salvo que la biota entonces era radicalmente diferente. Pero los fenómenos físicos del oleaje eran similares. De allí que se hayan conservado restos de marcas de oleaje (ondulitas), laminaciones, estratificaciones entrecruzadas, niveles con acumulación de minerales pesados y otras estructuras sedimentarias que se pueden ver en las rocas cuando se visita el monumento. También son muy comunes las marcas de bioturbación que producían ciertos organismos marinos al revolver las arenas o fangos marinos, especialmente los gusanos, cuyos cuerpos blandos no se han conservado.

Pero lo más valioso que conservan las cuarcitas del monumento son las cruzianas, o sea las trazas dejadas en aquellos ambientes litorales por los trilobites. Estos artrópodos fueron los dueños y señores de los mares paleozoicos. Sus trazas fosilizadas y conservadas en las arenas fueron descriptas por primera en América del Sur, más precisamente en Bolivia, por el sabio naturalista francés Alcides D’Orbigny. Le puso el nombre de Cruziana en homenaje al mariscal Santa Cruz y con ese epónimo se conocen hoy internacionalmente. Muy buenos ejemplos de cruzianas, algunos de libro, ocurren en las rocas del monumento y deben ser cuidadas y preservadas en el marco de la ley 25.743 de patrimonio arqueológico y paleontológico.

Decimos esto porque se han colocado placas de bronce de manera caótica y aleatoria que han tapado las trazas fósiles con cemento y en otros casos manos desaprensivas las han cubierto con pinturas en aerosol. Las placas recordatorias deben ser todas colocadas en una pared construida a tal efecto y de esa manera preservar las rocas en su estado original. Ello forma parte de la conservación del patrimonio natural y cultural de la ciudad. La cuarcita del cerro San Bernardo fue explotada como roca de construcción por los salteños de la época colonial hasta las primeras décadas del siglo XX. Todavía se observa la cicatriz de lo que fuera la vieja cantera a donde vinieron a trabajar picapedreros italianos y de otras geografías que liberaron materia pétrea con la que se construyeron paredes, veredas y cordones de las casonas céntricas. El escritor tucumano Tomás Yañez dejó una novela donde relata el duro trabajo que allí se realizaba (“La Cantera”, Ed., Claridad, 1944, Buenos Aires).

La cuestión es que con esas rocas no alcanzaba para llevar adelante el proyecto de monumento a cargo del escultor Víctor J. Garino. Por ello fue necesario prospectar en otros puntos de la Sierra de Mojotoro donde se pudiesen extraer bloques de gran tamaño lo que finalmente se logró en unos afloramientos rocosos de la Quebrada de Gallinato. Los proveedores de este material fueron los señores Pereyra Rozas y Kepes. Los bloques se extrajeron de la formación geológica que los contenía sin el uso de explosivos para evitar que se fragmentaran. Los bloques tenían un tamaño entre 4 y 5 metros cúbicos lo que representa un peso entre 10 y 14 toneladas. Para transportarlos hubo que improvisar aparejos para poder colocarlos sobre unas chatas y luego hacer caminos y puentes para traerlos hasta el pie del cerro San Bernardo. De igual manera hubo que implementar aparejos para elevar las rocas que iban a formar el pedestal y una vez terminado éste subir la pesada estatua de bronce del general Güemes y su caballo hasta la cima de la estructura.

Si bien el proyecto del monumento comenzó en 1909, toda la tarea se realizó en la segunda mitad de la década de 1920 y finalmente fue inaugurado el 20 de febrero de 1931. Un resumen de la historia de la construcción del monumento y de los hombres que intervinieron en su creación, dirección y ejecución se encuentra resumida en el interesante y valioso libro de César Fermín Perdiguero titulado “Antología del Cerro San Bernardo” (Fundación Etchart, 280 p., 1984, Salta). Este libro, de gran valor documental para la historia de Salta, fue reeditado en 2006 por Crisol Ediciones, con prólogo del suscripto y lamentablemente, al igual que la primera edición, ya se encuentra agotado.

En síntesis, el monumento es una valiosa obra arquitectónica de los salteños que no sólo honra al héroe nacional sino que es además patrimonio turístico y uno de los mayores íconos de la ciudad.


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