Jueces, políticos y policías, en el centro de los reclamos

Miles de personas, aunque menos que las que esperaban los organizadores, se reunieron ayer frente al Congreso. “Nos enfrentamos a un Estado ausente, que no mira a las víctimas”, dijeron.

Los hinchas de Independiente y Rácing lo conocen enojado a Hugo “Perico” Pérez. El histórico centrocampista –que también jugó en la Selección– escuchaba el final del discurso de la marcha “Para que no te pase” detrás del escenario, apretaba los dientes y movía la cabeza de izquierda a derecha. “Me da vergüenza. Vine a apoyar a esta gente que sufrió una pérdida irreparable. Me siento orgulloso por su lucha. Pero no puedo creer la poca gente que vino. Esto es una ruleta que todos vivimos, por eso no entiendo esta falta de compromiso. ¿Los argentinos prefieren quedarse en casa? Después que no se quejen”.

La decepción del ex futbolista reflejó lo que muchos sintieron ante una Plaza del Congreso poblada en un 50%. Si la inseguridad y la injusticia son los reclamos más urgentes de los argentinos, como señalan los últimos sondeos, ayer no se notó. De las 150 mil personas que en 2004 acompañaron a Juan Carlos Blumberg en su pedido de leyes más duras, 12 años después apenas se contaron unas 5.000, como mucho.

La mayoría de los concurrentes eran familiares de víctimas de hechos de todo tipo: inseguridad, siniestros viales, violencia urbana, femicidios y tragedias como las de Cromañón y Once. Predominaron las personas humildes que llegaron del Conurbano bonaerense en tren, colectivo o micros escolares: se veía gente de Lanús, La Matanza, José C. Paz, San Martín, Morón, entre otros.

La muchedumbre que rodeó el escenario –donde se proyectaban desoladoras imágenes de víctimas–estuvo cubierta por una especie de manto de la memoria, que no era otra cosa que carteles con los rostros de las víctimas y una palabra común en casi todos los casos: Justicia. “Justicia por Quimey”; “Todos juntos por Lauty”; “Justicia para Andrés Rueda”. Quienes sostenían esas pancartas eran, sobre todo, personas cuyas historias no trascendieron en los medios. Padres, hermanos y tíos que, respaldados esta vez por la difusión de los casos de Matías Bagnato, Jimena Aduriz, María Luján Rey o Carolina Píparo, los organizadores más conocidos, confiaban en que sus plegarias fueran atendidas esta vez.

Algunos grupos (familias enteras, comunidades barriales) eligieron uniformarse con remeras blancas y la estampa de ese rostro que ya no volverán a ver en vida. Por ahí estaba Débora Paredes, tía de Milagros Álvarez (17), una chica asesinada de un tiro en la cabeza por un adolescente que entró en banda a una fiesta de 15. Un poco más lejos del escenario, unas 20 personas pedían “Justicia por Máximo”, un bebé de 18 meses atropellado hace 20 días en Hurlingham.

También había rostros más reconocibles, como el de Franklin Rawson, papá de Ángeles. “Estoy por mi hija y por toda la sociedad. Para que nadie sufra lo nuestro. Mi expectativa es que el tema entre en agenda. Esto no se soluciona solo mandando gendarmes al Conurbano”, le comentó a Clarín.

El foco del reclamo, en efecto, apuntó al Poder Judicial y “a los políticos” sin distinción. Tanto fue así que un numeroso grupo de personas con remeras de la Juventud Sindical (que responden a Facundo Moyano, pero que estaban allí porque son compañeros de trabajo de Bagnato) fue echado de la plaza. “O se sacan las remeras o se van”, les gritaron. Y se fueron.

Así lo dejaron en claro también los organizadores, cuando en la voz de los periodistas Luis Novaresio y Lorena Maciel desde el escenario pronunciaron sus ideas, cuyos párrafos más sobresalientes fueron:

“Tenemos como denominador común el dolor, pero también la búsqueda de justicia. Sentimos la imperiosa necesidad de levantar la voz para que se nos escuche, porque sabemos de qué estamos hablando, porque sabemos que hay miles como nosotros que no tienen posibilidad de hacer público su caso, pero que en soledad y con la vida destrozada tienen las mismas necesidades.” “En el peor momento de nuestras vidas nos enfrentamos a un Estado ausente que no tiene la capacidad de mirar a las víctimas de su propia ausencia, que mira hacia otro lado porque en su necedad entiende que no vernos es una manera de desaparecernos. Nos convierten en invisibles en el mismo momento en que nos convertimos en víctimas, y así lo sentimos. Somos invisibles para los funcionarios que nos deben asistencia, somos invisibles para los legisladores que no priorizan leyes que evitarían a otros seguir nuestro derrotero, somos invisibles para quienes tienen en sus manos la tarea de conceder justicia.”

Cada oración fue acompañada por aplausos.

Y un sólo grito: “¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!”. (Fuente: Clarín)


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