Al paso de los tiempos, se levanta con su fuerte sonoridad, la voz de Manuel José Castilla…

No resulta reiterativo decir que, al paso de los tiempos, se levanta con su fuerte sonoridad, la voz de Manuel José Castilla, con el esplendor de toda la palabra puesta en la poesía que se vuelve, de un modo sustancial, en la verdadera esencia del hombre y su relación con la dignidad de la tierra que lo surte.

Castilla es verbo. Y es excelsitud. Es afecto. Y canto. Presente, siempre presente y siempre poesía. Porque, como dijo de él Aldo Parfeniuk, Castilla es “un anticipador de los tiempos”. Aunque todo poeta, por el hecho de serlo avanza sobre los tiempos, es en Manuel donde la temporalidad cruza, de lado a lado, la condición natural del hombre con la tierra, con el todo.

Esa conjunción es notable en Espero que me llueva:

Ese hongo anaranjado y húmedo pegado en la corteza de este tronco en el monte es mi oreja y escucho, hasta el más leve, todos los ruidos de la tierra.

Puedo decir ahora de qué silencio nace el agua y qué oro lo moja el maíz

Mientras crecen enfurecidas las hebras tiernísimas de las manos del mamboretá mascador de las moscas.

Alguna vez referimos a Castilla en su Hombre entre las cumbres de Lizoite:

Esta carne de Dios, esta aterida

carne sagrada y quieta entre las cumbres,

este bulto que mira su infinito bajo los ventarrones

es, sin embargo, un hombre.

Y su tiempo excede al lugar como mero espacio geográfico, para tornarse universal llevando la voz de “esta tierra” que “es hermosa” por la latitudes del cancionero latinoamericano con sus hallazgos notables del amor, de la tierra, de sus frutos y de cada hombre y mujer entonados en el pan y en la copla.

No en vano salieron de su vino simple y generoso los versos de No te puedo olvidar y La atardecida, con Eduardo Falú; Zamba del sauce solo, con Rolando Valladares, y Zamba de Balderrama, Zamba del panadero, Carnavalito del duende, Zamba de Lozano, Zamba del pañuelo, La pomeña, La enojosa, Chaya para Toconás con su constante compañero de coloraturas y sentidos, Gustavo “Cuchi” Leguizamón.

En Agua de lluvia, Luna muerta, Copajira, La tierra de uno, y Cantos del gozante, entre otros libros, Castilla le da la exactitud completa a la re-creación poética en toda su dimensión, con la convivencia plena del ritmo sereno y amoroso entre el hombre, el paisaje, el amor y la estatura de su propia universalidad.

Manuel Castilla es poesía pura, es admirable enjundia de la palabra, es el siempre poeta que “en esta casa está resucitando”.

Manuel J. Castilla nació en Cerrillos, el 14 de agosto de 1918 y murió en la ciudad de Salta el 19 de julio de 1980. (Fuente: Agensur.info)

CHAYA POR TOCONÁS

(Chaya y baguala)

Letra: Manuel José Castilla

Música: Gustavo “Cuchi” Leguizamón

Juan Benito Toconás

sale borracho al camino,

va cantando el carnaval

arreándolo en alarido,

por el Alto de la Viña

de Jujuy, bien alegrito.

La muerte va disfrazada

de muerte tomando un vino,

le pone una mano al hombro

y en la otra lleva un cuchillo,

le pone una mano al hombro

y en la otra lleva un cuchillo.

Un erke desde los huaicos

adivinándolo herido,

lo ve pasar y resuella

su llanto como un quejido,

lo ve pasar y resuella

su llanto como un quejido.

Juan Benito Toconás

va tanteando su destino,

después en medio la noche

la voraceada del vino

se le derrama del vulco

y se le va por un hilo

debajo de un algarrobo,

estando el estrellerío.

Réquiem por Raúl Galán

"Pobre Raúl, su muerte fue tal como su vida un pétalo de gloria y mucha ceniza" Raúl Galán

Nunca sabré, Raúl, por qué te estoy diciendo estas cosas, ahora que me escuchas sonriendo desde tu muerte. Yo sé que me estás viendo y que me compadeces y que piensas:"Pobre Manuel, se está poniendo serio solo porque me he muerto, y no vale la pena".

Pero a mí no me importa lo que piensas porque te estoy queriendo, porque te estoy llamando ahora justamente que no oye tu carne. La muerte andaba sola por la Pampa. De vicio. te vio pasar y dijo: "Me lo llevo", y nos dejo con tu nombre en la boca para siempre.

No hay derecho Raúl. Eras tan nuestro. De punta a cabo, entero, como un cuchillo, o como el tamaño claro que tiene la amistad. Y ahora ¿qué nos queda? Lo que dirá la gente de Jujuy por un tiempo: "Raúl fue un hombre bueno" "Y que gran profesor", "que lento que hablaba". "Fue buscando en sus versos una niña perdida y la encontró en la espuma del arroyo de Yala"

Pueda ser que estas cosas ocurran. Yo no sé. Yo no se nada, hermano. Tu corazón me ha dicho: "Dale mi adiós a Mario allá en La Viña".

Y Mario Busignani entre los cerros siente decir al rio que se ha muerto Raúl, sin despedirse, que ya no hay más Galán, que don Martín, poeta, es un recuerdo.

Sin embargo, Raúl, yo me miro las manos. Ellas esperan solas el peso de las tuyas. Porque te has muerto joven mi corazón se empaña y se queda pensando como una laguna.

¿Qué será de Jujuy, qué de tus ríos, que de la pampa fría de la puna?

Ya éstas viniendo por las maravillas que te acompañan desmaravilladas. Raúl, Jujuy arriba, te da un adiós dorado de retamas.

Yo salí esta mañana con tu muerte como una flor ajada a mi costado. Todos me la miraban tristemente y aquí también, Martin, la estoy llorando.

Bueno. Basta Raúl, ya te vas yendo.

Dos ángeles te escoltan dulcemente lejos... bien lejos...

"Bajo las lentas nubes" (1963)


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