LAS DISPUTAS EN EL FRENTE DE TODOS: BASTA DE EXCUSAS Y CHICANAS - Por Eduardo Aliverti (Página 12)

¿Da bronca e impotencia que el Gobierno haya debido sentarse a negociar con los cambiemitas culpables de la tragedia endeudadora? Por supuesto. Es horrible.


La disparada de los precios influida por la guerra, que incluso proyecta una perspectiva de desabastecimiento de bienes y servicios esenciales, termina de configurar que el arreglo con el FMI es una fantasía a revisar más tarde o más temprano. Si el Senado no produce una sorpresa mayúscula, en la madrugada del viernes pasado debió comenzar a despejarse el camino para marchar a efectividades conducentes y no hacia un limbo interminable. Pero, en lugar de eso, pareciera irse en dirección exactamente contraria a partir del lamentable espectáculo desde la interna del Frente de Todos ¿Qué es esto? ¿Una carrera para ver quién corre más por izquierda o quién se defiende mejor de no quedar pegado a la derecha? La práctica era que se votaba el default con el FMI (por tanto, con todos los países que lo integran) o el revoleo de la pelota. Todo lo demás, salvo que se viene cómo sigue la ruta si es que se pretende discutir en serio sobre el modelo de país, es hojarasca. ¿Da bronca e impotencia que el Gobierno haya debido sentarse a negociar con los cambiemitas culpables de la tragedia endeudadora? Por supuesto. Es horrible. ¿Es comprensible engancharse con la división expuesta en el Frente de Todos? ¿Con si los cuatro gatos locos que tiraron piedras contra el Congreso y el despacho de Cristina fueron producto de sí mismos o de una operación premeditada? ¿Con la paradoja de que Martín Guzmán, el ministro de la deuda que comandó el acuerdo, acaba machucado porque la real politik le impuso condiciones? ¿Con que el Gobierno no abrió para adentro el debate de lo que se venía, y que perdió tiempo cuando la pandemia le habría ofrecido la oportunidad de negociar de otra manera? Sí. Es comprensiblemente inevitable. Pero, tras el quítame allá esas pajas, se impone otra cuestión.

En la página 13 de las 15 que conforman un documento muy bien presentado, la propia Cámpora y otros diputados advierten que “este acuerdo” no asegura de ninguna manera la sostenibilidad del endeudamiento luego de 2025, cuando cumplido el período de gracia deba iniciarse la etapa de repago al FMI. El párrafo siguiente es primordial y, curiosamente o no, careció de atención interna y mediática. Dice el documento: “En ese contexto, con un nuevo gobierno, es probable que Argentina deba reiniciar las conversaciones para revisar la sostenibilidad de la deuda. Siendo necesario resolver plazos más largos con el propio organismo o estrategias alternativas, como el cambio del financista. Vale destacar que en los archivos enviados al Congreso de la Nación no hay mención alguna a la estructura de repago o devolución de este `nuevo acuerdo´, lo que es poco regular en este tipo de instancias”. En otras palabras, no hay lugar para interpretar nada que no sea el hecho de que el acuerdo, o como quiera llamársele (porque hasta en eso hay polémica, al igual que respecto de “default” o “mora”), es una ensoñación de mediano y largo plazo.

Y, de vuelta, es la propia Cámpora quien sostiene que la clave consiste en cómo se afronta el futuro, no el pasado. ¿Por qué? Porque afirma lo que sigue a página 15, en el cierre de su texto. “Nuestra fuerza política puede dar testimonio de que siempre tuvo que hacerse cargo y PAGAR las deudas que tomaron los gobiernos de signo político o ideológico opuesto (…) Está claro que, si tenemos una deuda con el Fondo Monetario Internacional, tenemos que firmar un acuerdo con ese organismo. El problema es QUÉ se firma (…) El reconocimiento de la deuda obliga a abordar el tema más importante: QUIÉN va a pagar esta deuda cuando, además, buena parte de la misma fue fugada del país” (por las dudas, se subraya que todas las mayúsculas en negrita corresponden al texto original).

Quién pagará qué no remite, ni sólo ni esencialmente, a este acuerdo con el Fondo para patear las cosas al córner, a la tribuna o a la calle, porque no hay quien no esté de acuerdo con que la deuda dejada por Macri es impagable, si no a través de renegociaciones sucesivas y eternas.

A la descripción quizá irreprochable de La Cámpora, técnicamente dicho y tanto como lo fue la intervención de Máximo Kirchner cuando renunció a la jefatura de bloque, le falta la propuesta de cómo se sigue y a cuáles intereses habrá que enfrentar ahora que el arreglo está cerrado (eso incluye que Cristina no impedirá que se vote en esa sentido, porque no tiene fuerza interna ni externa para trazar una alternativa capaz de imponerse. De hecho, CFK ha facilitado que el trámite senatorial vaya a ser rápido y pueda votarse jueves o viernes).

Pero no es que esa propuesta global y puntual le falta a La Cámpora solamente. Le falta al conjunto del Gobierno, del que La Cámpora es parte porque, hasta nuevo aviso, ni la agrupación, ni Cristina, ni Máximo, decidieron romper formalmente la coalición gobernante. Empezará el período de gracia, de dos años y pico, en que la parte gruesa de los vencimientos del monstruo macrista será pagada al Fondo con la plata del propio Fondo.

Ese mientras tanto, a cuya complejidad se le suma lo que Ignacio Ramonet bien define como una guerra “híbrida” mundial porque ni de lejos se da únicamente en el campo militar ucraniano, impone acciones no relacionadas con el FMI. Y ahí es cuando se retorna al tema que encabeza todo, agravado por esa guerra: aun en la utopía de que la deuda no existiese, porque Argentina querría, podría o sabría implementar el pagadiós formulado por franjas marginales o de gente entendiblemente exaltada, subsistirían los problemas de fondo, no de Fondo, arrastrados desde hace añares.

¿Cuál es la propuesta coyuntural frente a los precios “enloquecidos” de energía, materias primas agropecuarias y alimentos que, otra vez, nos convierten en víctimas de nuestras ventajas? ¿Y cuál es la estructural frente a los factores de poder que también seguirán estando, con o sin guerra? ¿En el país de las vacas, la leche, el trigo, los ríos, el litoral marítimo y los enormes recursos naturales seguirá que la inflación ni siquiera es reducible? ¿Qué alternativas de producción y distribución proponen los (¿ex?) frentetodistas enfrascados en dispararse a los pies con sus tuiteos que sobran o faltan, o quienes opinan que el voluntarismo es requisito fundamental sin que importen las condiciones objetivas?

Como señala Claudio Scaletta (El Destape, última columna), quienes optan por denunciar renuncias a la soberanía pierden de vista que la primera soberanía es la monetaria y que el Banco Central no cuenta con reservas para contrarrestar lo que continuaría al rechazo de un acuerdo: disparada del dólar, con efectos inmediatos en la caída del poder adquisitivo de los salarios. Devaluación e inflación potenciadas, ingresos salariales por el piso, recesión. Y ni hablemos de las consecuencias sobre la población en economía informalizada.

No debería pasar que la dirigencia y los referentes sociales e intelectuales queden presos del ideologismo a que condujo y conduce el “acuerdo” con el Fondo. Ya está. Hubo a favor una mayoría parlamentaria aplastante, surgida de transas que responden a la correlación de fuerzas de lo que “el pueblo” votó. Y ahora queda gobernar con la gestión. No con la resistencia.

No se gobierna con el solo expediente de resistir y, hasta acá, con méritos y errores, con firmezas y quebraduras, el Frente de Todos en su expresión ejecutiva lo que ha hecho es eso: resistir. Primero a la pandemia y después en la negociación con el Fondo.

Se termina.

El FdT sale muy afectado de esta circunstancia, si es que no roto. El Gobierno como tal, al menos en el corto plazo, habría que ver. Hay pases de factura inacabables. Resentimientos extremos. Entre sus líneas hablan nada más que para suturar o profundizar heridas, y nunca para proyectar ese modelo de gestión que determine cuáles son los aliados y quiénes el enemigo (esto es literalmente así: créase o no, las fracciones del FdT proceden como si las demás no contaran; repartieron las áreas, los ministerios, las secretarías, las subsecretarías, con un sentido horizontal de cada quien haciendo y diciendo lo que se le ocurra. No hay la mínima e imprescindible autoridad de verticalismo, de modo que el Gobierno más se parece a una asamblea de tardía adolescencia universitaria o a un foro de fraseólogos a la bartola).

El Gobierno necesita relanzarse contra viento y marea. Es lo que dice el colega Mario Wainfeld, entre otros de quienes insistimos con ello: debe mejorar mucho (demasiado) su gestión e innovar en políticas socioeconómicas. Reducir inflación, pobreza, desigualdad. Nada de todo eso provendrá de lo que impediría el acuerdo con el Fondo Monetario. Basta de excusas y chicanas.

Ojalá aplique aquello de que no hay principio del fin, sino fin del principio.

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