LA INTIMIDAD DEL PODER: LA METAMORFOSIS DE ALBERTO Y POR QUÉ CRISTINA CREE QUE PERDERÁN

El razonamiento electoral que la vice hace en privado. Secretos del nuevo asesor de Alberto. Encuestas, focus group y la pelea por los desencantados.

Por Santiago Fioriti

Clarín - 10/10/2021


Jueves, cuatro y media de la tarde. La tranquilidad de las calles de Palermo se altera de repente. Un ruido como el de una explosión llega a la esquina de Cabrera y Humboldt. Los peatones gritan. Un Chevrolet Corsa gris oscuro acaba de impactar a alta velocidad contra un Peugeot 308 color plata. El Peugeot hace un trompo violento y termina en el cordón, a solo dos metros de las mesas al aire libre del bar de la esquina. Leandro Santoro, el principal candidato del Frente de Todos en la Ciudad, se estremece. El capó del auto embestido queda tirando humo cerca de su silla. Pudo ser mucho más que un susto de campaña.

El conductor del Corsa se escapa. Los vecinos llaman a la Policía. El dueño del Peugeot gira rápido en U y sale a perseguirlo. La gente conjetura sobre qué pudo haber pasado. Ajeno a esos movimientos, un hombre se detiene frente a la mesa de Santoro y le dice: “Te banco, pero no los puedo votar en Provincia. No me gusta lo que hicieron. No los puedo votar a ustedes”.

—¿Y a quién votaste en las PASO?—quiere saber el candidato porteño.

—A Guillermo. A Moreno—contesta el hombre. Santoro le pide que en noviembre les dé una nueva oportunidad. El hombre saluda y se va.


Es a ese tipo de votantes al que el Gobierno intenta volver a seducir. A los desencantados con la gestión de Alberto Fernández y a los que, por bronca con la dirigencia política, decidieron no asistir a votar en las primarias. En el oficialismo hablan de un universo de dos millones doscientos mil votantes en la provincia de Buenos Aires, que es la diferencia entre lo que obtuvo Axel Kicillof en 2019 y lo que sacó Victoria Tolosa Paz hace un mes.


Hacia ellos apuntan las medidas en danza. Desde la suba del salario mínimo hasta los viajes de egresados gratis que promete el gobernador. Es la estrategia que han trazado y que ha provocado, en simultáneo, una metamorfosis en el Gabinete y en el accionar cotidiano del Presidente.


Alberto aceptó reemplazar a más de media docena de funcionarios, pese a que él quería postergar los cambios hasta fin de año. Aceptó salir a la calle con una lapicera y un anotador. Aceptó hacer discursos breves y grabar videítos para las redes sociales. Aceptó que le cuestionaran su timbre de voz. Aceptó moderar sus apariciones y que le critiquen el tono compadrito con el que a veces se expresa. Es cierto que ha aceptado cosas peores en estos casi dos años que lleva en su cargo, pero el nuevo plan ha barrido con su oposición a convivir con asesores de imagen, marketing y comunicación.


El catalán Antoni Gutiérrez-Rubí se instaló de lleno como principal responsable de cara a noviembre. La primera en adoptarlo fue Cristina, con la que había trabajado en 2017. Aquella experiencia no fue la mejor porque la entonces candidata a senadora sufrió una derrota, pero el diálogo entre ellos siempre fue cordial: se le reconoce al consultor que siempre le dijo que había que ampliar el espacio pensando en la construcción de un proyecto de continuidad. Gutiérrez-Rubí posee, como la mayoría en su oficio, trucos para hipnotizar. Suele decir abiertamente que Cristina es una política brillante. Fue Sergio Massa, ahora, el que se lo sugirió a Fernández.


El catalán plantea un nuevo eje discursivo. Una campaña propositiva -con la sílaba sí como protagonista-, en la que no se hable del pasado ni del futuro, sino de “lo que se está haciendo ahora” para mejorarle la vida al ciudadano o al “vecino”, como súbitamente ha empezado a decir Alberto. Gutiérrez-Rubí le pidió también que se corra hacia el centro. Escuchar mucho y hablar menos. Confrontar poco y no hacer ningún movimiento sin saber qué piensa el electorado: las encuestas y los focus group son asuntos de primera necesidad. Si a alguien le viene a la mente el nombre de Jaime Durán Barba es natural: hay demasiadas coincidencias entre lo que pregona uno y el otro, aunque ellos tengan estilos contrapuestos.


Los encuentros focales (una reunión de votantes disímiles que se sientan a una misma mesa con temario desconocido para que digan lo primero que se les ocurre en el momento en que se les tira un apellido o una consigna) se hacen en todo el país. Arrancan con dos preguntas: ¿Por qué no votaron al Gobierno? ¿Qué espera del Frente de Todos de ahora en adelante?


Las investigaciones han arrojado hasta hoy conclusiones más bien dramáticas para los postulantes de la Casa Rosada. La gente rechaza el rumbo de la gestión y cuestiona con severidad al jefe de Estado. “Hoy estamos igual o peor que en las PASO”, se sinceran quienes hablan con el catalán. A los postulantes del Frente de Todos les queda un mes para incorporar el nuevo manual y tratar de revertir el resultado.


El acto en Nueva Chicago, sin embargo, pareció un retroceso. No es un prejuicio ni un juicio de valor. Vino a representar todo los que los asesores modernos, entre ellos Gutiérrez Rubí, desprecian. Viejos vicios, vieja liturgia, viejos discursos, viejas plateas, viejas consignas.


Cuando llegó al estadio, Alberto se abrazó con todos los dirigentes que fue encontrando a su paso. Agradecía que se hubieran preocupado por montar una imponente platea para que él pudiera hablar. Lo vivió como un desahogo, pero para su nuevo consejero estrella fue un mazazo.


Ni hablar cuando le dijeron que uno de los oradores había homenajeado a Chávez y que otro sostuvo que el coronavirus fue menos grave que “la peste macrista”. Pecados de un acto con 21 disertantes y 3 horas y 39 minutos de duración.


El tono propositivo tambaleó en ese estadio desbordado de entusiasmo. Alberto hizo un aporte más en aquel sentido, cuando días atrás dijo que los macristas brindan en Miami mientras él negocia con el FMI. No fue -brindar- un verbo feliz. En las redes sociales lo castigaron duro y reactivaron un tema que él preferiría archivar. El 98% del electorado asocia las celebraciones clandestinas en Olivos con el brindis por el cumpleaños de Fabiola. El número no es metafórico: es lo que indican los sondeos que maneja el mismo Gobierno. Ninguna iniciativa del Ejecutivo tiene el nivel de conocimiento de esas fotos.


La intervención de Cristina y del asesor son los primeros cambios -más allá de las modificaciones en el Gabinete- de una serie que recién comienza y que nadie podría clarificar hasta dónde llegarán. Dependerán del resultado electoral. Pero el sello lo volverá a poner Cristina y Cristina no tiene expectativas en revertir la performance. Suele explicarles a los interlocutores de La Cámpora que el kirchnerismo perdió las presidenciales de 2015 a pesar de que “teníamos el salario real al doble que hoy en dólares y la mitad de la inflación”.


“Ella sabe que vamos a volver a perder por estas cosas y por todas las que vino diciendo”, asume un dirigente de su entorno. Una cuestión sobre la que la ex presidenta sigue machacando es la no ejecución de los ministerios. Hasta hace tiempo se reunía con dirigentes y les explicaba que no entendía por qué tenían plata para gastar y no lo hacían. Exigía que lo hicieran antes de la campaña. Y como eso no ocurría, o no ocurría al ritmo que ella deseaba, despotricaba contra ciertos ministros y contra el entonces jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.


Aunque almorzaron el martes, su malestar con Alberto persiste. El Presidente será sometido a una nueva presión si la derrota es inevitable. Ni hablar si la oposición llegara a estirar la diferencia. Se abriría entonces una instancia inédita: los cristinistas buscarían copar más casilleros y manejar a su antojo la economía.


De nuevo, Fernández debería decidir si continúa cediendo o si toma otro camino.

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