EL PAÍS: IDEAS AL PASO - Por Miguel Wiñazki - 02/10/2021

¿Por qué no hubo marchas masivas reclamando por Florencia Morales?

Florencia Morales (39) murió el 5 de abril de 2020 en la comisaría de San Luis.

El eje Manzur-Aníbal trata de recomponer lo que el Gobierno perdió con sus maquillajes.




¿Por qué hubo tal ola de protestas por Santiago Maldonado, y ninguna masiva por Florencia Magalí Morales? La Argentina se parece a veces a una convención nacional de sádicos que militan en favor de lo que suponen que les conviene y omiten moverse en favor de lo que perciben que no les conviene.


A los círculos de pobreza que se expanden se les suma una asombrosa e irritante militancia según las ventajas políticas que pudieran obtenerse.


Vale un ejemplo. Según las últimas investigaciones incorporadas a la causa, Florencia Magalí Morales fue asesinada. La mujer de 39 años que fue detenida por salir a comprar comida el 5 de abril de 2020 en Santa Rosa del Conlara, en San Luis, apareció muerta en su calabozo. Suicidada, dijeron primero las fuerzas policiales. Ahora se comprueba que no fue así, de acuerdo a dos pericias forenses de parte nuevas y pormenorizadas, todo indica que fue un femicidio. Una atrocidad. Los policías involucrados pretendieron encubrir el tema, aplazarlo, borrarlo.


No hay multitudinarias marchas a nivel nacional denunciando semejante barbarie. La arrestaron por violar la cuarentena. ¿A quién iba a contagiar en Santa Rosa del Conlara yendo a comprar sandwiches en bicicleta para sus hijos?


Esa militancia selectiva también explica un fondo y un trasfondo profundamente injusto en la organización de las movilizaciones por causas nobles de pronto pero distorsionadas por las por la suposición de que hay muertos más merecedores del apoyo popular que otros.


¿Cuál es la causa? La resonancia de los suplicios de Florencia Magalí Morales se acalla en el miedo a protestar contra los señores feudales, sí. Pero hay algo más. Hay una una confusión honda, como si existiera una castidad setentista que custodiar. Como si hubiera jueces que determinaran que denunciando ciertos hechos, aunque sean ficticios, la épica de los ‘70 sigue incólume. Pero que se desdibuja si se denuncian otras injusticias atronadoras.


Ese miedo a no ser lo suficientemente revolucionarios-de palabra- es el gran triunfo cultural del kirchnerismo. Hasta ahora.


Mientras tanto la mitad del país se hunde en la pobreza y Alberto y Cristina tramitan un divorcio anunciado. El Primer Magistrado sólo habla, o irrumpe discretamente en la escena pública, cuando ella lo ordena, y ella transita su destino: rodearse de quienes no la quieren.


Llamó a su malquerido Alberto para ungirlo como candidato a presidente, a Sergio Massa para unirlo a su causa tras los abiertos enfrentamientos que también tuvo con él y, ahora, a Juan Manzur, quien la destrató hasta pedir literalmente que cesara ya con su ciclo protagónico en la política. Esos son los hombres de “confianza” de Cristina.


El eje Manzur-Aníbal Fernández trata de recomponer por derecha lo que el Gobierno perdió con sus maquillajes de izquierda.


El peronismo exhibe su rostro desnudo, y no es progresista. Hay un concepto de la filosofía política clásica que podría aplicarse a estas instancias de transición y conflicto: la Stasis, una guerra civil en familia.


En este caso, se trataría de una conflagración hacia el interior de la familia gobernante. Las tensiones no pueden ser resueltas y esa circunstancia redunda hacia el exterior de la familia política en el poder, esa conjunción de peronismo y kirchnerismo. Deviene un aquelarre que solo agrava todos los males.


En las familias nunca falta un desubicado como el diputado jujeño José Luis Martiarena que, en el mismísimo ojo de la tormenta, no tuvo mejor idea que proponer la nacionalización de los depósitos bancarios. Como se sabe lo salieron a contradecir los propios jerarcas de su coalición desconcertados.


Pero Martiarena explica algo estructural: esa concepción ultra estatista promoviendo el acaparamiento de bienes por un Estado devorador, no es sólo suya. Martiarena habló en soledad, pero no está tan solo. La jibarización de una parte de la comunidad política lo acompaña.


La guerra civil, sin armas ahora, dentro de la “familia” gobernante es una eficiente factoría de pobreza. La apabullante ausencia de conocimientos de la economía y de la realidad como la que evidencia la lumbrera jujeña es temeraria y vocacionalmente cleptocrática: propone darle al lobo el cuidado de las gallinas.


¿Hace falta recordar que la pobreza es en buena medida producto de la traslación de los bienes sociales a las arcas de malandras con corbata que usan al Estado como guarida y como caja fuerte de lo que le sacan al resto?


La pobreza es una intemperie y una ciénaga; a cielo abierto millones se van hundiendo en la necesidad, en el hambre, en la enfermedad, en la inseguridad y en desescolarización y muchas veces en la consecuente drogadicción de ese nuevo y letal negocio que avanza y que ataca a los más jóvenes que se pierden en la noche de la carencia.


El Gobierno cacarea cambios, propagandiza los madrugones trabajadores de Manzur, el nuevo hombre fuerte y Rasputín, acalla a Alberto y a Tolosa Paz, exalta a Anibal Fernández y aspira a dar vuelta las elecciones.


Lo que no se da vuelta de ese modo es la tragedia de la pauperización y de la indigencia, de la muerte violenta que crece, y del abuso, que tanto se comete pero que se denuncia siempre y cuando le convenga a esa militancia tan interesada en sí misma. Y nada más

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