EL ENTIERRO DE LA NIÑA WICHI ASESINADA: CUANDO AVERGÜENZA SER SALTEÑO - Por Ernesto Bisceglia

Pobreza extrema, abandono oficial, indiferencia social, la complicidad de todos nosotros… La fotografía del sepelio de la niña wichi asesinada es consumación de la tragedia no sólo originaria sino de la sociedad toda. En sí misma constituye una denuncia y un grito callado de repudio al sistema porque esa foto habla de indigencia, de marginalidad provocada por el abandono estatal, de rezos sembrados en el aire. Es el resumen trágico de una historia sin fin.



Un féretro colocado sobre dos sillas y bajo una lona “guasancha”; ese velorio que ni velas tiene es la gráfica de una vida tan improvisada con esta muerte. El último eslabón en la cadena de improvisaciones de un Estado que va dejando oleadas sucesivas de funcionarios inversamente enriquecidos a la pobreza en que se hunden los pueblos. Es la foto de la Pobreza extrema –sí, con mayúsculas-, del abandono oficial, de la indiferencia social, de la complicidad de todos nosotros… Cualquier cosa que podamos escribir será sobreabundar acerca de algo que sabemos todos. Que allá en el norte hay aborígenes, que están postergados desde los tiempos en que Diego de Rojas y Diego de Almagro llegaron al “Tucumán”, esa extensión que en lengua originaria “kakana” e denomina “aquello que no termina”. Son los descendientes de aquellos colonizados los que siguen pariendo con dolor esa realidad de esclavos, porque el hombre que no tiene posibilidades de progreso está esclavizado. Ni siquiera son siervos de la gleba, porque los dejaron sin tierra y les robaron hasta el monte que les proveía de alimentos, de remedios y hasta de dioses. Pero ese abandono no se queda allá entre las reducciones, se extiende como una mancha de aceite sobre la geografía de Salta alcanzando a otros que sin ser originarios padecen las mismas necesidades. Son los expulsados por un desmonte desprolijo y abusivo, los privados de aulas y de salud que migran a los municipios más grandes y a la Capital, abonando los suburbios cada vez más densos, donde la esperanza con que operan su desarraigo se destruye cuando lejos del terruño se ven reducidos a la misma calamidad. Y peor, porque allá son comunidad, en las ciudades son parias…, cabezas prontas para el palo de la Infantería. Conservan el único derecho humano que les provee la naturaleza, el de reproducirse, porque no saben de planificación familiar ni de métodos anticonceptivos. Saben procrear y parir, nada más. Y subsistir. Así están, en el límite con los irracionales. En el fondo no son responsables de sus actos sino la consecuencia de tanto verso político, de tanta promesa ancestral, de tanto expolio organizado. Un féretro y una mirada desgarrada de inocencia. Un número más para la estadística del “Observatorio de violencia contra las mujeres”, donde un grupo de señoras gordas toma café mientras observa cómo siguen cometiéndose femicidios. Una estadística que comparten fiscales y jueces que no llegan al fondo de las cosas. La misma estadística que abofetea a la sociedad que continúa insensible, votando una y otra vez a los que miran el verde del dólar en lugar de mirar el verde del monte. Alguna vieja de antaño diría a modo de hipócrita disculpa social mientras se santigua: “Otro angelito que le entregamos al Señor”


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