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CUANDO "LA LIBERTADORA" ASESINÓ AL GENERAL VALLE EN LA MASACRE EN LOS BASURALES DE LEÓN SUÁREZ




Desde su nacimiento como país en el fenotipo argentino anida el deseo de extinguir al otro, al que no comulga con el mismo pensamiento. Desde el fusilamiento de Santiago de Liniers ordenado por Mariano Moreno hasta la actualidad subyace esa idea de que el adversario es antes un enemigo y hay que eliminarlo. La tendencia al pensamiento único, el oficial continúa siendo un sello de los gobiernos.

Por Ernesto Bisceglia


El 12 de junio de 1955 acaso sea sin duda la fecha más luctuosa del siglo XX, cuando los facciosos que derrocaron a Juan Domingo Perón bajo el ambicioso membrete de «Revolución Libertadora» fusilaron a un camarada por el hecho de defender una idea distinta, por el pecado mortal de haber adherido al peronismo.

Quien escribe estas líneas proviene del sector antiperonista más recalcitrante, nuestra forma de concebir al Ejército y a la política fue vaciada en el molde más «Gorila», pero justamente, en la hora presente sentimos la obligación de dar testimonio de que ése es un camino equivocado y decimos con Lord Ashton que «El hombre que durante más de veinte años sigue pensando lo mismo es un imbécil».


De allí entonces que miremos hacia la historia con un criterio más objetivo y podamos concluir que los militares JAMÁS debieron intervenir en la política porque su naturaleza, su razón de ser es otra y debieron siempre estar sometidos al imperio de la Constitución Nacional. Sin embargo, el salteño, José Félix Uriburu marcó el camino de la insurrección derrocando a don Hipólito Yrigoyen y más tarde Juan Domingo Perón conspiró para hacer lo propio con el presidente, Ramón Castillo hasta ser finalmente él mismo objeto de la misma felonía. Ningún golpe de Estado a manos de un militar se justifica porque para eso existen los mecanismos republicanos que deben cumplirse en caso de incapacidad moral, física o política de un presidente.


Dicho esto, volvamos sobre aquel execrable crimen del General Valle, epílogo de acontecimientos irracionales cometidos anteriormente con el fin de destronar a Perón como el bombardeo a Plaza de Mayo el 16 de junio de ese año con aviones pintados con el sello del fanatismo católico «Cristo vence», marca registrada de las tres corporaciones que manejaron el país desde 1810: El capital extranjero, la Iglesia Católica y los militares.

El gobierno de Perón había sido elegido democráticamente por el 60% de los argentinos y si bien el primer periodo desde 1946 a 1952 constituyó una verdadera revolución social, económica y política, el segundo mandato agravado con la muerte de Eva Perón se convirtió en un régimen de neto corte fascista con métodos antidemocráticos como la persecución de contrarios, la prisión, la tortura, la censura y voladura de medios de comunicación y «joyitas» de esa naturaleza.


La conspiración contra Perón había comenzado en los salones del Jockey Club y de la Sociedad Rural, anidaba en la Curia Metropolitana y se «cocinaba» en los casinos y casas particulares de algunos altos mandos del Ejército. Había que «Acabar con el tirano», era una de las frases más recurrentes.

Tras episodios varios, finalmente el 16 de septiembre de 1955, el General, Eduardo Lonardi y un grupo de facciosos bajo la consigna de «Dios es Justo» terminó con el gobierno de Perón quien huyó al exilio en la cañonera «Paraguay». Terminaba un ciclo y se iniciaba otro, el más violento de la historia contemporánea argentina.


El General Lonardi era un nacionalista católico que creía honestamente que el mal de la Argentina era Perón y que terminada la tiranía había que devolver el poder a los civiles, idea que no compartían los dueños del dinero, la Curia ni los sectores más conservadores del Ejército. El resultado fue que el 13 de noviembre de ese año, Lonardi, fue derrocado por un golpe interno que puso al General Pedro Eugenio Aramburu en la presidencia, secundado por un personaje nefasto como fue el Almirante, Issac Rojas, antiperonista a ultranza y masón.


Para los asumidos «libertadores» había que extirpar todo rasgo de peronismo en el pueblo. Por decreto no se podía nombrar a Perón ni al peronismo, ni cantar su marcha o usar símbolos partidarios. Se destruyeron todos los símbolos del régimen peronista y se cometió la barbaridad de quemar libros, se anuló la Constitución peronista de 1949 y miles de dirigentes gremiales y políticos peronistas fueron encarcelados.


La fobia antiperonista de los «libertadores» alcanzó a sus propios compañeros de armas y no pocos uniformados fueron encerrados en un barco que hacía las veces de prisión. Allí estaban los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, entre otros oficiales que comenzaron a conspirar para armar una contrarrevolución cuyas principales demandas serían exigir el cese de la persecución al peronismo, la restitución de la Constitución de 1949 y la libertad a los miles de presos políticos y gremiales encarcelados.


Allí comenzó la conspiración para formar un movimiento contrarrevolucionario. Aramburu y Rojas, al tanto de los hechos dejaron correr el tiempo para dar un zarpazo que «sirviera de escarmiento».

El 8 de junio de 1956, Aramburu firma el Decreto 10.362 que instalaba la Ley Marcial y los Decretos 10.363, que establecía la pena de muerte, y el 10.364 que daría los nombres de los que serían fusilados.

En la madrugada del 10 de junio son detenidos civiles y fusilados en los basurales de León Suárez, abriendo la puerta a uno de los periodos más negros de la historia argentina.


Ante tan brutales actos de salvajismo político por parte de «La Libertadora», el 12 de junio, el General Juan José Valle decide entregarse a cambio de que se detuviera la represión y se le respetara la vida.

Luego de ser interrogado es enviado a la Penitenciaría Nacional donde a las 22,20 fue fusilado sin orden escrita ni decreto como tampoco registro de los responsables.

El saldo de aquella masacre fueron 33 argentinos fusilados por el sólo «delito» de ser peronistas.


Cuando la esposa del General Valle se apersonó a pedir por la vida de su marido ante Aramburu no fue recibida y se le dijo que «El general está descansando».

Después vendrían otros actos infames como la profanación del cadáver de Eva Perón y su ocultamiento con la complicidad del Vaticano, las purgas en la administración pública y demás.


La conclusión que deja aquel crimen de Valle y los demás civiles es que «La Libertadora» abrió la puerta a un proceso que los argentinos no supieron resolver mediante el diálogo y la democracia; de hecho, los militares signaron la vida política argentina durante las décadas siguientes hasta 1976.


La soberbia armada y la incapacidad de la clase política llevaron a que ese rencor contenido en las masas y muy bien manipulado por Perón desde el exilio se desbarrancaran en la violencia de los grupos terroristas teñidos de ideología marxista que sembraron la muerte y la destrucción tratando de echar abajo al propio gobierno peronista que ellos habían consagrado en 1973.


La muerte de Valle fue el prólogo funesto de los miles de muertes que se sumarían hasta la década del ’80. Nos llegan a los oídos aquellas palabras de Sarmiento camino del exilio: «Bárbaro, las ideas no se matan».


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