El sobreviviente político

Al hablar del poderoso como sobreviviente, dice Elías Canetti “podremos reconocer el carácter paranoico del poderoso en aquel que por todos los medios mantiene el peligro lejos de su persona. En lugar de desafiarlo y hacerle frente, trata de cerrarle el paso con astucia y precaución, crea distancia a su alrededor, distancia que puede alcanzar con su mirada y advierte y examina cualquier señal por si el peligro se acerca. Por todas anda con ojo y ni el más leve rumor puede escapársele, pues podría ser hostil”.

La pasión del porvenir está ausente en el sobreviviente político, como presente su sentido de omnipresencia. Como las abejas a través de sus siete mil facetas de sus ojos laterales y en el triple ciclo de su frente, al igual que las abejas necróforas el sobreviviente político busca que se lleven lejos los cadáveres y prepara la enjambrazón (de “La vida de las abejas” de Mauricio Maeterlink).

Al hablar de los zánganos, los describe como aturdidos, necios, torpes, inútilmente ocupados, glotones, sucios, insaciables y enormes. Una mañana de esos días en que las flores se abren más tarde y se cierran más temprano, el espíritu de la colmena decreta fríamente su degüello general y simultaneo.

En política prevalece la inteligencia, en el enjambre el instinto, pero la analogía es conmovedora.

La ex presidenta Cristina Kirchner parece haberse hecho cartuja. No dudo que su silencio obedece a graves razones que los demás ignoramos y que yo respeto.

Sin embargo, un político no tiene la prerrogativa del silencio. Al silencio de los políticos unos pocos hombres los juzgamos justificados por escrúpulos de conciencia, que ni siquiera queremos inquirir indirectamente. Pero el político vive para la gente la cual es siempre suspicaz por naturaleza y se pregunta ¿gallo que no canta algo tiene en la garganta? No necesito añadir mi convencimiento de que toda sospecha sobre ella resulta injustificada, por eso causa sorpresa su silencio.

Para que nos entendamos, de la propia suerte cuando una persona alcanza gran nombradía, como es el caso de ella, su nombre deja de ser un rótulo y se convierte en una realidad de concepto.

La nombradía se adquiere por una serie de actos notorios, por una manera peculiar de conducirse y esta manera es el resultado de una forma de ser, que lleva un signo siempre repetible: aplicar la misma receta, genio y figura hasta la sepultura.

Ortega y Gasset en su ensayo sobre la generación sostiene “el pensamiento de una época, puede optar ante la que ha sido su pasado, y que hoy lleva encapsulado todo el pretérito. Hay en efecto épocas en que el pensamiento general se considera deudor de ideas anteriores muy ligadas a ellas considerando al pasado todavía abierto y por completar. Por el contrario, hay épocas que se siente el pasado como algo que es urgente reformar desde su raíz”.

Aquellas son épocas de pensamientos pacíficos, estas son épocas de pensamientos beligerantes.

El silencio es salud en los hospitales, con la imagen elocuente de la fotografía de una clásica enfermera con el dedo haciendo cruz con sus labios.

Dice Ortega hablando del silencio, los discípulos preguntaron al maestro de la India cual era el Gran Brahmán, es decir la mayor sabiduría y como no respondía reiteraron la pregunta, pero el maestro calló también. Cuando se hubieren cansado de preguntar, abrió la boca y dijo: “sabed que la mayor sabiduría es el silencio”.

El silencio cuando es reiterado se convierte en el mayor defecto para un político que deja a sus seguidores perplejos, sin dirección y sin horizontes. Al fin de cuentas conforme al texto sagrado, primero fue la palabra y después la acción. Sin palabra y sin acción sus seguidores vagan hoy como sombras silenciosas por los Campos Elíseos, sin dirección, sin marcha y con banderas descoloridas.

*Abogado y diputado provincial salteño (MC)


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