La desmemoria del operador porteño que quiso desromerizar al romerismo

Un nuevo vuelo rasante de Ángel Torres por el Grand Bourg y Finca Las Costas

Que en el excesiva e innecesariamente prorrogado gobierno de tres mandatos de Juan Carlos Romero su secretario, Ángel Mariano Torres, de indiscutible identidad peronista en Buenos Aires, se convirtió en un verdadero monje negro por su estilo de operador tras las bambalinas –o en un Rasputín como no pocos lo identificaron- es algo que quedó registrado con rasgos indelebles en el historial de la política provinciana.

“Desaparecido” de esos pasillos que transitó bajo la protección lindante con la impunidad política derivada de semejante padrinazgo del gobernador tras la derrota que Juan Manuel le infligiera en el 2007, el Secretario Personal del mandatario, devenido en los hechos en un súper ministro, retornó por estos días a la provincia desde su tierra natal, invitado al cumpleaños número 60 del senador nacional y hermano del gobernador actual Rodolfo Urtubey, quien convocó a 250 invitados según precisó en un reportaje del colega Daniel Salmoral el propio Torres.

Precisamente en esa entrevista el pocas veces o nunca bien ponderado secretario personal por parte de los propios peronistas, confirmó que su retorno no fue sólo para brindar con su amigo “desde hace 40 años” “El Tolo”, a quien hoy proclama como un brillante jurista que sin duda es, sino también para intentar reinstalarse como operador de campañas electorales, rubro en el que lució sus dotes,… largamente.

Pero si algo llamativo con fuerza tuvo ese diálogo con el periodista –que por cierto publicamos íntegramente para aventar cualquier intencionalidad “o fuera de contexto” de este comentario con firma- es lo que Ángel Torres expresó sobre sus indudablemente pretéritas e imperecederas amistades y lealtades con muchos dirigentes que, al caer derrotado Romero en 2007, se consagraron campeones del salto con garrocha para convertirse en fervientes urtubeístas que a coro proclamaron ante un imaginado por ellos César vencedor –en aquella inolvidable asamblea del nuevo habitante de Finca Las Costas- el cántico de los originarios arrepentidos, figura hoy tan en boga:

“¡Ea ea ea…. Ea ea ea á…! ¡Un minuto de sileeencioo…. por Juan Carlos que está muertoooo…!

Claro, eran los tiempos del viento de cola para el nuevo timonel de la provincia. El tiempo de la consolidación de un nuevo proyecto dentro del peronismo, aunque navegara con bandera e insignia extrapartidaria.

La historia escrita de aquellos sucesos políticos es clara y sobre aquellas lealtades y contundente sobre aquellas deslealtades. Traiciones, dicho en buen romance.

Hasta aquellas elecciones, con un Romero confiado en su liderazgo y por sobre todo en el entorno que todo poder genera, esas páginas de la historia registran a quienes con fervor lindante con la histeria descalificaban al joven Urtubey con el más repudiable de los adjetivos, que significa la palabra Traidor. Amén de creer ningunearlo llamándolo “Juancito” en cada titular de sus reportajes o entrevistas ante cuanto micrófono o cámara se presentaba e inclusive hasta condenarlo públicamente al más abyecto de los círculos del Infierno del Dante. Naturalmente, el octavo. Aquel dividido en diez recintos donde moraban aquellos que no fueron dignos de confianza. También al noveno y último, así descripto como un gran lado helado donde acabaron aquellos que ejercieron la frialdad de su corazón: los que traicionaron a aquellos que confiaron en ellos….

Como regresando de una amnesia que suele por cierto afectar como un mal endémico a la devaluada política de estos tiempos, Ángel Torres sorprende decretando per si una imposible “amnistía” de una verdadera legión de crueles detractores de su protector Juan Carlos Romero, al que sin ambages varios de esos gerentes de la política pre y post 2007 -algunos identificados como “Golden boys”- condenaron al romerismo y su líder como “un ladrón que se llevó (con sus ministros incluidos obviamente) “¡hasta los ceniceros…!”.

Ángel Torres, en su intento modelo 2019 de resurrección por estos lares –valga la figura aunque más certero sería decir por los pasillos del poder- lanzó en el reportaje de Daniel Salmoral una especie de Bendición Urbe et Orbi dirigida en exclusividad a muchos jóvenes que con visión de estadista Juan Carlos Romero convocó, pero para servir y no para servirse de la función pública. Allí es donde el inamovible secretario personal del ex mandatario evidentemente se excede cuando afirma: “… yo lo recuerdo y yo me siento orgulloso de haber pertenecido al gobierno de los Golden Boys. ¡Todos los chicos!…

En este caso no es verdad tan rigurosa aquella bella canción que sostiene que a la historia la escriben los que ganan. Los que ganaron aquella batalla para inscribir en sus armaduras una nueva insignia fueron los traidores a Romero. Este cronista recuerda, por ejemplo entre cientos, aquel título periodístico que sin poder ser desmentido ilustraba una portada diciendo: “Romero… cosechero de Judas”. Huelgan más palabras.

Y si de recurrir a las hemerotecas se trata para comprobar que no todos fueron tan ángeles, basta repasar las fechas de algunas campañas electorales posteriores a la derrota de Roberto Romero, el último caudillo peronista salteño, donde hasta con impunidad inexplicable se levantaba como bandera la consigna de borrar lisa y llanamente siquiera la mínima mención de su nombre, ni de su gobierno popular que le puso una bisagra a la historia política oligárquica salteña.

Una referencia histórica que los peronistas no ignoran, estén enrolados en la trinchera que deseen estar dentro del siempre amplio abanico del Movimiento Nacional Justicialista, llevan grabada en su memoria, con más fidelidad que la del protagonista de este reportaje aquí comentado. Incluido naturalmente el mismísimo Juan Carlos Romero.

Torres, el Ángel o demonio, pasó por Salta. Habló. Pontificó con todo derecho. Y promete volver.

Tal vez, siempre con su estilo, entre bambalinas. Aunque por lo visto hoy, sin estar totalmente en las sombras. Mejor.

Tal vez en la burbuja del Grand Bourg o de Finca Las Costas.

Tal vez en otros cenáculos.

Siempre en pos del poder.

Con todo derecho, por cierto.


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