Luego de la devaluación hacer todas las cuentas para bajar la inflación

En economía, la licuación significa disminuir el peso de algo, de forma que sea más soportable, más tolerable, más sutil.

Hay dos maneras directas de licuar: una es haciendo que la inflación crezca por encima de lo que suben los gastos, con lo cual el peso de este se relativiza; y la otra, más directa y brutal, es devaluando. Eso hace que, en términos de dólares, todos los gastos que están en pesos se achiquen: se vuelven más líquidos, más digeribles.

Esta segunda receta adquiere especial relevancia en este contexto, cuando ingresarán al país 50.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional (FMI) en los próximos tres años. En términos de pesos, rinden mucho más si la economía está licuada. No es lo mismo 50.000 millones a 20 que a 25. Y menos que menos a 28.

¿Qué licúa el Estado? Lo primero es el déficit fiscal. El Presupuesto 2018, antes de la crisis, preveía un déficit primario de casi 400.000 millones de pesos, el equivalente al 16 % de sus ingresos. Pero ese déficit se estiraba hasta 650.000 millones cuando se le agregaban los intereses de la deuda tomada. Eso es lo que tenía que financiar Luis Caputo cuando era ministro de Finanzas, y que había logrado casi en un 70 % cuando se le cerraron los mercados.

¿Qué ocurrió con la devaluación? Que el déficit primario en dólares bajó de 21.300 millones a 14.300 millones de un plumazo, sin haber aplicado ni una sola medida para bajar el gasto.

El Fondo te está dando un pagaré de 50.000 millones, con lo cual, mientras más licuado esté el país, más importante se torna este préstamo con relación a los problemas que tenemos. Es la lógica del FMI, porque ese dólar salvador puede comprar ahora muchas más cosas que antes.

Hay algo de gran relevancia que quedó más licuado: las Lebac, esos instrumentos de deuda del Banco Central que, ante el FMI, se acordaron desactivar.

En abril había 1,25 billones de Lebac: con un dólar a 20,23 eran 61.742 millones. Con un dólar a 28 bajaron a 39.708 millones. Aunque hubo algo de recompra, el stock bajó 35,7 %.

Y un dato más: antes no alcanzaban las reservas para garantizarlas y, ahora, sobran.

La misma licuadora pasa por el stock de deuda emitida en pesos, el 32 % del total: a inicios de año estaba valuada en 100.000 millones de dólares, con vencimientos previstos para este año por alrededor de 3.800 millones. La devaluación redujo ese stock en 30.000 millones y para cubrir los vencimientos de 2018 hacen falta ahora “sólo” 2.500 millones de dólares.

Lo más sensible son los salarios. Hoy, todos somos más pobres. Tenemos en dólares un salario más bajo que hace 50 días atrás.

En abril, el sueldo promedio del trabajador privado era de 28.287 pesos: 1.404 dólares (a 20,23). Ahora en junio, el salario en dólares es de 1.051: es decir, ganamos 353 dólares menos en apenas dos meses, una baja del 25,2 %. Y respecto de octubre del año pasado, la caída en dólares es del 29 %.

Lo mismo pasa con el gasto en personal del Estado nacional: bajaron 18,6 % en dólares desde octubre, aunque 7,6 % desde abril.

La jubilación mínima de octubre (7.246 pesos) a hoy (8.096) bajó 30,6 % en dólares. Pero la reducción se aceleró en los últimos dos meses, cuando se redujo 24 puntos de esos 30,6 %.

Por último, el que ahorra en pesos, que no fue uno de los que en 2017 compraron 20.000 millones de dólares para el colchón, perdió como en la guerra. Así, la tenencia en pesos que los particulares poseen en plazos fijos y en cajas de ahorro bajó 39 % en términos de dólares de abril a esta parte.

Todo lo que el Estado nacional ha licuado con la depreciación del peso, ¿sirve? ¿De qué manera se puede conservar esa diferencia cambiaria? ¿Cómo hacer para que, semejante esfuerzo colectivo de la sociedad rinda algún fruto, si es que vale el término?

La aclaración vale porque la devaluación implica una enorme pérdida para el que confió en la moneda nacional, no escapó al dólar (para llevarlo al colchón, como forma de ahorro) y se quedó con lo poco o lo mucho que tiene en pesos.

Este éxito, que es una defraudación para los tenedores de pesos, estará determinado por la no reapertura de paritarias o, si se reabren, que sean cerradas por debajo de la inflación.

Licuaste en términos de dólares en la medida en que la tasa de inflación sea más baja que la tasa de devaluación.

El 25 % que acordó Camioneros, debiera ser el “límite superior” y que el Gobierno nacional debería centrarse en que no se escapen más allá de esa cifra las paritarias que faltan o las que pretendan rediscutirse.

Las devaluaciones exitosas son cuando se está en momento de recesión, porque el asalariado está dispuesto a resignar un aumento de sueldo a cambio de conservar el trabajo.

La devaluación en el año 2002 fue del 70 % y duró mucho tiempo. La de 2014 se perdió en siete meses. Esta va a ser una intermedia, que no va a empatarle, porque la inflación es del 30 % y la mejora en el tipo de cambio fue del 50 %.

Por eso, el “éxito de la devaluación” dependerá de cuánto pase a precios la apreciación del dólar. Y eso tiene chances más acotadas cuando la economía está en recesión.

El menor traspaso a precios es lo que tiene que negociar, esa es la pelea que hay que dar este semestre, por lo tanto, para frenar la inflación habrá que tener un semestre muy recesivo.

En recesión, tanto el formador de precios como el intermediario resignan rentabilidad a cambio de mantener el flujo de fondos. Es que, de alguna manera, hay que seguir pagando costos fijos y sueldos. En eso creen los economistas más optimistas: que no hay mucha chance de subir los precios, porque el consumo está muy retraído en estos meses.

Si el tipo de cambio aumenta por encima de la inflación, mejora las expectativas y la actividad económica, por eso hay que ponerse muy agresivo con la reducción del gasto público para controlar el déficit y mantener a raya la inflación.

Este año va a quedar un tipo de cambio muy favorable, por eso hay que hacer todas las cuentas para volver a bajar la inflación, aunque en eso se los ve dubitativos.


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