Excavaciones y hallazgos en Esteco

De sólo nombrarla, Esteco despierta toda clase de sentimientos, tanto en los salteños como en otros habitantes del noroeste argentino. Su destino trágico de ciudad destruida por un terremoto, el mito creado a su alrededor sobre un castigo divino al mejor estilo Sodoma y Gomorra, el posterior nacimiento del culto al señor y la virgen del Milagro a causa de ese y sucesivos terremotos, la leyenda que anticipaba su final con aquella frase nemotécnicamente repetida por generaciones de “Salta, saltará; Tucumán, florecerá y, Esteco, perecerá”; en fin, por estos y otros tantos motivos, Esteco es una ciudad icónica, emblemática.

Hace un par de décadas, el prestigioso antropólogo y arqueólogo platense Alfredo Tomasini, comenzó una notable tarea de investigación excavando las ruinas de lo que fueron los emplazamientos de las viejas ciudades coloniales y jesuíticas a la vera del río Pasaje o Juramento. Concentró sus esfuerzos primero en la Esteco I o Nuestra Señora de Talavera de Esteco, la cual se encuentra localizada cerca de El Vencido en Anta. Dicha ciudad tuvo una vida efímera entre 1566 y 1609. Luego hubo un traslado hasta donde se juntan el río Piedras con el río Juramento y allí se estableció la segunda Esteco, que duró entre 1609 y el sismo que la destruyó completamente un martes 13 de septiembre de 1692.

Tomasini ha volcado los esfuerzos de más de veinte años en excavar esta ciudad que en los últimos siglos había pasado por todas las vicisitudes desde los huaqueros o buscadores de tesoros hasta el desmonte y el arado.

Hoy es zona protegida por su valor histórico colonial, por la conservación de su arquitectura de adobones, por su rol en el camino real entre Buenos Aires y Potosí, por ser un enclave en la ruta jesuítica, por haber sido el escenario de la primera colación de grados doctorales del colegio jesuítico de Córdoba a comienzos de la década de 1620, entre otros múltiples aspectos.

La vieja ciudad contaba con un plano en el Archivo de Indias que en su momento recuperó el historiador José Torre Revello y mostraba las 49 manzanas de la fundación original del gobernador Alonso De Ribera. El problema era que el tiempo había sepultado y cubierto de monte chaqueño el lugar y tratar de encontrar algo allí era como buscar una aguja en un pajar. Pensemos sino en el desaparecido Mesón de Fierro, un enorme meteorito que se lo “tragó la tierra” y se encuentra perdido hasta hoy en la espesura del Chaco santiagueño.

Durante años Tomasini buscó un algo que lo orientara hasta que finalmente los astros se alinearon y dio con el fuerte de San Carlos, una estructura defensiva que guarecía a Esteco de los ataques indígenas. A partir de uno de los torreones del Fuerte dio con los otros tres que marcaban el área de defensa y desde allí ubicó lo que fue la plaza central y al otro lado de ésta el lugar donde estaba emplazada la iglesia principal. Las medidas en metros coincidían perfectamente con las varas españolas que se usaron para el trazado de la ciudad colonial y que figuran en el mapa de indias que publicara Torre Revello.

Tomasini, investigador del CONICET, reunió un importante equipo de estudiosos que lo secundaron en los trabajos, entre los que se destacan profesionales de La Plata, Tucumán y Salta. Entre ellos se tienen a Damiana Curzio, Ana Paula Porterie, Julia Simioli, Alicia Palacio, Damián Coronel, María José Barazzutti, Pablo Flores, Belén Velardez Frecia, además de los excavadores locales Francisco Reinoso, Miguel Reinoso y Samuel Reinoso.

También hay que resaltar el apoyo institucional y profesional de la reconocida arqueóloga Mirta Santoni, directora del Museo Antropológico de Salta; de Graciela Walter, experta en turismo de Metán; del arquitecto Juan Carlos Bernasconi; de las autoridades, funcionarios y legisladores de Metán y Río Piedras y la permanente cobertura especializada del periodista Adrián Quiroga del diario El Tribuno.

Los trabajos de excavación se concentraron en el Fuerte y en lo que fue la antigua iglesia al frente de la plaza principal. A medida que se fue excavando se pudo apreciar las paredes de adobones y cientos de tejas de los techos colapsados de la primitiva iglesia. Muchas de esas tejas están intactas, algunas de ellas hermosamente decoradas. Como dijimos las paredes que llegan a un ancho de más de un metro están construidas con adobones de gran tamaño. En uno de los adobones quedó grabada una huella de puma o yaguareté del momento en que el barro estaba fresco.

Tomasini sostiene que por el excelente estado de los adobes, Esteco es uno de los yacimientos arqueológicos coloniales mejor conservado de la Argentina. El fino trabajo de excavación, en cuadrículas correctamente numeradas, dio su fruto con el hallazgo de decenas de objetos de valor que se atesoran para la futura creación de un museo de sitio. Además de las tejas se encontraron numerosos objetos de alfarería o cerámica cocida utilizada en distintos implementos utilitarios. Entre ellos hermosos candeleros o porta velas, platos, ollas, vasijas, vasos y objetos similares. También platos de loza española decorados. A ello hay que sumar hachas, morteros y otros objetos de piedra de factura indígena. Lo que más llama la atención son los objetos de metal. Tanto de hierro como de bronce, plata, cobre, plomo y aleaciones. Se han encontrado una gran cantidad de clavos de hierro muy oxidados que unían los maderos de techos, puertas y ventanas que han desaparecido. Entre ellos un gran clavo de latón, de cabeza cuadrada y doblado en la parte inferior que bien pudo ser el que estaba en el pie de la cruz de Cristo. Asimismo balas de arcabuces y balas de cañón, una especie de dedal de plomo, llaves de puertas, monedas y un par de medallas. Entre las medallas destaca una de bronce con cardenillo verde de alteración que tiene una cruz bien marcada en una de sus caras.

Una medalla casi idéntica se conserva en el Museo Histórico de Tucumán procedente de la ciudad de Ibatín (1565-1685), ciudad colonial que tuvo una vida casi sincrónica con las Esteco I y II. Ibatín fue prolijamente estudiada por la historiadora tucumana Teresa Piossek Prebisch. Un objeto muy preciado es un alfiler de plata de unos 10 cm de largo, con un ojal, y una cabeza bicéfala. Se destaca la corona real española sobre dos cabezas de águilas imperiales tal como se distinguía a la Casa de Austria y la dinastía de los Habsburgo que reinaba entonces en la península. Otro objeto curioso, metálico, es un arpa judía, especie de diapasón con una lengüeta, que se utilizaba para emitir música usando la boca como caja de resonancia.

Entre los objetos recientemente encontrados se tiene lo que parece ser una campana de bronce maciza, pesada, adornada con cuatro flores en cruz a su alrededor, la cual emite al ser golpeada un sonido metálico cristalino y muy nítido.

Los hallazgos realizados van mostrando día a día como era la vida cotidiana en aquella ciudad de tanta fama en tiempos de la colonia. Todavía queda por llegar hasta donde estaba ubicado el altar mayor de la iglesia y donde deberían estar enterrados los dignatarios civiles y militares de aquellos tiempos.

El trabajo del Dr. Tomasini y su equipo están poniendo en valor para Salta uno de los lugares históricos mejor preservados a pesar de la destrucción sufrida. Lo que sí está claro es que una cosa es escribir sobre historia y otra diferente es hacer historia como lo hace Tomasini y su equipo con Esteco.


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