Trump presidente: La lección de los viejos


Con el diario del lunes es mucho más fácil, dirá cualquier observador. Pero voy a contar mi experiencia como “pre veedor” de uno de los fenómenos políticos del siglo.

Después de haberme tragado las incontables horas de transmisión de la reciente elección presidencial de EEUU y esperado hasta las 5 y media de la madrugada del pasado 9 de noviembre hasta que se consumara el “horror” a que diera su primer discurso como presidente electo de la primera potencia mundial “el loco”; de ver la ridícula actitud del Partido Demócrata que sin reconocer la derrota y felicitar al rival, mediante un vocero, un tal John Podestá, quien seguramente debe estar aun masticando bronca al no poder acceder al cargo que en mente ya tenía virtualmente asegurado, mandó a sus militantes “a dormir”; de ver, leer y escuchar los días subsiguientes los lamentos de los periodistas, intelectuales y artistas que no se resignan ante el cachetazo de realidad que les dio un pueblo enojado; de apreciar los sesudos análisis de los colegas salteños que tuvieron la fortuna de haber podido presenciar una elección en la mayor democracia del mundo en su calidad de veedores, me tomé el trabajo de analizar completamente las estadísticas de la elección poniendo especial acento en un detalle: cómo votaron los estadounidenses de acuerdo a su edad.

Viejo es el viento

Me vino a la mente entonces una reciente nota publicada en nuestro semanario por el talentoso periodista Nelson Muloni titulada “Los viejos”, que en un párrafo resume sabiamente: En las repúblicas, la democracia se identifica con líderes jóvenes. Claro que con el aval de los viejos. A quienes luego se arrojan por las ventanas partidarias. Aunque las normas electivas no indiquen topes de edad para el ejercicio político.

El artículo, que habla con meridiana claridad de la crueldad con que las sociedades trataron a lo largo de la historia y lo siguen haciendo con mayor énfasis en nuestros tiempos a los viejos, me llevó a las planillas de marras y me di con el siguiente dato: los mayores de 46 años y los más ancianos aún en mayor medida se volcaron masivamente a favor del candidato republicano.

Inmediatamente vino a mi memoria una simple experiencia que tuve en un reciente viaje que hice junto a mi hija menor a los Estados Unidos, para visitar a mi hermana que allí reside junto a su familia desde hace diez años. Un episodio sencillo, pero que pinta de cuerpo entero lo que pasó.

A horas de emprender nuestro regreso (mi hermana estaba trabajando y su marido también) pedimos un taxi para trasladarnos de su casa al aeropuerto de Seattle. El vehículo nunca llegó a la hora pactada y con mi hija salimos a caminar en busca de un “yellow cab” en las intrincadas calles de la ciudad y para colmo en un horario difícil, terminando la jornada laboral. Nadie paraba y apurados por el horario decidimos cruzar un puente sobre la anchísima autopista interestatal 5 y en pleno puente, paradito, descubrimos un vetusto Pontiac amarillo, con sus luces apagadas pero con el conductor al volante, quien se estaba tomando un café con un par de donas. Todo transpirado me acerco a la ventanilla y le pregunto en mi rudimentario inglés si nos podía acercar a la terminal aérea ya que nuestro teletaxi nos había fallado y que al no encontrar transporte perderíamos el avión. El hombre, casi octogenario, no dudó un instante, y a pesar que ya se encontraba fuera de servicio se bajó, nos abrió el baúl de su enorme “barco amarillo” y nos ayudó a cargar el equipaje.

El viaje desde el barrio de Capitol Hill hacia Tacoma Airport dura alrededor de 45 minutos. La “raza” de los taxistas es la misma en todo el mundo, y ni bien arrancó su Pontiac el viejo chofer dio inicio a una charla simple, casi de rigor, pero que después me serviría para sacar conclusiones de un acontecimiento que aún conmueve al mundo.

Empezó él, lógicamente preguntándonos de dónde éramos.

“¿De Argentina? Ahhh… qué interesante, no se ven muchos argentinos por aquí, mexicanos sí, pero argentinos no”, abrió el juego el veterano taxi driver.

Después de preguntarme como estaba nuestro país, me dijo directamente: “¿es verdad que Hitler estuvo viviendo en Argentina? porque hay un teoría que dice que no murió en su bunker y que un submarino alemán lo trasladó a Sudamérica después de la caída de Berlín en la Segunda Guerra”.

Me di cuenta que era judío, más aún después de leer sus datos personales de la ficha colgada en el respaldo del asiento del acompañante.

El hombre sabía de historia, y la conversación se hizo más fluida. Cuando me cuestionó por qué la Argentina había recibido a nazis que huían de la guerra le contesté que adoptó una política similar a la de los Estado Unidos con técnicos y científicos que escapaban del desastre post Hitler, como sucedió con quien luego sería el cerebro desarrollador del programa espacial de la NASA, Werner Von Brawn. Lo cual dio pie para hablar de lo que más me interesaba: la política, sobre todo cuando el fenómeno Trump (fines de julio) dejaba de ser una “locura” que nunca iba a poder ser, para empezar a ser una realidad.

Primero me preguntó qué pensaba yo de Trump, y le contesté que no me sorprendía porque era simplemente un producto del país donde todo es posible. “Trump exist because this country is USA, simply”.

Y le mandé la directa: ¿Por quién va a votar usted?

El anciano acomodó sus gruesas gafas y lejos de evadir la cuestión me dio una interesante visión de cómo vive su generación esta época de cambios de vida y cultura que se han precipitado tan vertiginosamente en las últimas dos décadas, sobre todo

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“Mire mi amigo –me dijo- yo pertenezco a una generación que piensa muy diferente las cosas o las pensó muy diferente mejor dicho durante muchos años. Ahora mandan los jóvenes y su visión de país es tan distinta a la que teníamos nosotros que es como que yo ya quedé afuera, afuera del sistema. Trump es un tipo que habla como habla la gente, es muy directo, tiene su costado polémico y cosas que dice que lógicamente no me gustan, es decir, no me gusta Trump, pero es sincero. ¿Y Hillary?... ella representa a esta nueva generación que manda, que gobierna desde Washington hace muchos años y que se creen los iluminados que todo lo saben y creen que todo lo que hacen, que todas las políticas que ellos imponen están bien. Pero te cuento que no sería la primera mujer en gobernar aquí, ya tuvimos una, fue Nancy Reagan, que gobernó el país los últimos dos años de mandato de su esposo porque Reagan tenía alzeimher. Ella tomaba las decisiones.

Ahh… y respondiendo a tu pregunta amigo: te repito, yo soy de una generación que piensa muy distinto las cosas, yo no voy a ir a votar.

No terminaba de decir esto que llegábamos al aeropuerto y nos despedimos con un fuerte apretón de manos deseándonos mutuamente suerte.

¿Quiénes son los fascistas?

Pasaron los meses y luego de consumado “el terremoto”, planillas en mano me doy con que los viejos en masa salieron a votar, y lo hicieron por Trump.

Me vino a la memoria pues la charla con el anciano taxista. Me vinieron a la memoria las políticas que el establishment de ilustrados enquistados en DC le enchufó de prepo a un pueblo sin siquiera consultar qué pensaba al respecto. Políticas de índole progresista que por más correctas que sean muchas veces van a contramano de lo que piensa la mayoría, y que fueron propagandizadas tan agresivamente que no hicieron otra cosa que poner a esa mayoría a la defensiva. Políticas que se aplicaron sin anestesia por gobiernos “progres” en todo el mundo, incluida nuestra Argentina.

Lo “políticamente correcto” se hizo un dogma, y entonces a esa mayoría silenciosa le apareció un intuitivo como Trump que supo donde apuntar con su discurso duro y hasta peligroso, pero que en cierto modo le caía bien. Un canal donde poder volcar su bronca.

Fueron tan soberbios los demócratas que no lo vieron, o no quisieron verlo, mejor dicho.Y lo siguen siendo, pues con esas manifestaciones de rechazo ante el resultado democrático puesto no hacen más que exacerbar a las siempre presentes minorías (xenófobos, radicales derechistas, etc.) que se ocultan en esa mayoría potenciándolas y provocando la inevitable reacción.

Las movilizaciones y “escraches” en la “culta” y “libre” Nueva York, de jóvenes sobre todo, rechazando el pronunciamiento democrático del pueblo americano son una clara muestra de intolerancia, tan igual o peor que la intolerancia de los intolerantes que ellos dicen combatir.Pero no es más que impotencia ante la derrota. No la aceptan. No aceptan que los que piensan distinto hayan triunfado.

Nada más acertado que el último artículo del analista político de la revista Noticias, James Neilson, en cuyos párrafos describe con crudeza un fenómeno que es mundial:

“En Estados Unidos se ha abierto una grieta muy ancha entre una elite globalizadora, de retórica “liberal”, cuando no izquierdista conforme a las pautas nacionales, y sumamente soberbia que ni siquiera se esfuerza por ocultar el desprecio que sus voceros más locuaces sienten por quienes no comparten sus opiniones.

Trump no es un fascista. No es del todo probable que organice milicias de matones uniformados para hostigar a sus adversarios. Es un populista instintivo y bastante irresponsable en un país que, a diferencia de lo que se ve en otras partes del mundo, el populismo es más anarquista que estatista; se caracteriza por la hostilidad hacia la interferencia gubernamental.

Por su parte, Hillary y sus adherentes se proponían aumentar aún más el poder ya notable de las distintas instituciones estatales; como Obama, admiran el orden socialdemócrata europeo, pero parecería que no han aprendido nada de los reveses recién experimentados por sus putativos correligionarios trasatlánticos debido a los cambios demográficos que hace insostenible el Estado benefactor que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial.

Por paradójico que parezca a ojos de los acostumbrados a suponer que populismo siempre significa más estatismo y un mayor gasto público, Trump ganó las elecciones presidenciales de la superpotencia subrayando su voluntad de achicar el estado y bajar los impuestos y por lo tanto el gasto en todos los niveles. Tal vez no le sea dado concretar sus planes ambiciosos, pero a buen seguro procurará hacerlo, de ahí la alarma que se ha difundido entre millones que de una manera u otra dependen de cheques gubernamentales”.

El cachetazo de los viejos

Dice Muloni en su artículo: Aunque los hay, cada vez son menos los viejos que reciben el beso amoroso en la cabeza de escaso pelo. O toman las manos cariñosas de sus nietos entre sus garras sarmentosas y débiles. Son los menos. Son los que tienen ese pequeño lugar en la familia que ellos hicieron.

Pero para el resto de la sociedad, para los Estados, los viejos serán el peso demasiado ostensible de una herida, tan absurda y perversa, hecha en el centro mismo de nuestra humanidad. Una herida que se buscará ocultar con el agua oxigenada del olvido.

Pero no se la llevarán tan fácil, dijeron los sabios silenciosos que ocultaban su bronca ante encuestadoras que los descartaban como factor determinante de sus proyecciones y medios de comunicación de línea editorial “progre” que los ignoraban por “fachos”.

Los viejos de EEUU esta vez fueron los rebeldes y les dieron una lección a modo de bofetada política a los jóvenes “sabelotodo” del establishment.

Una cosa quedó en claro: mi amigo, el anciano taxista salvador, el pasado 8 de noviembre, sí fue a votar.


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