Antropoceno, la marca humana en la geología

Este año se llevará a cabo en Sudáfrica el Congreso Internacional de Geología. Convergerán allí geólogos de todo el mundo a debatir sobre cientos de temáticas que tienen que ver con el origen y la evolución del planeta Tierra, los recursos naturales no renovables (minería, petróleo), el agua, los fósiles, los riesgos y los desastres naturales, la geología de los planetas vecinos, entre otros asuntos de interés del pasado, del presente y del futuro.

Existe un grupo de académicos muy activos, entre ellos Jan Zalasiewicz, que vienen trabajando en el marco de la comisión de estratigrafía de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas en orden a definir en unos casos y a redefinir en otros lo que conocemos como el periodo Cuaternario. Este es el periodo más joven de los tiempos geológicos, en el que estamos viviendo los humanos. Según la última actualización de 2013, el periodo Cuaternario, que sucede al ahora desaparecido Terciario, comenzó hace 2.588.000 años y dura hasta la actualidad.

Está dividido en Pleistoceno y Holoceno, y el límite entre ambos es 11.700 años atrás. Como estos son los más actuales y los más cortos, son también los más estudiados. Su duración es ínfima cuando se los compara con los profundos tiempos del Mesozoico o del Paleozoico, medidos en cientos de millones de años, y ni que hablar del Precámbrico cuyas duraciones internas (Arcaico, Proterozoico), son de miles de millones de años.

El Cuaternario y especialmente el Pleistoceno, estuvo ligado en su definición a la época de las grandes glaciaciones y al desarrollo de una megafauna de mamíferos como fueron los mastodontes, megaterios, gliptodontes y otros grandes herbívoros; así como tigres dientes de sable y mega osos entre los carnívoros. Precisamente al terminar las glaciaciones y extinguirse los grandes vertebrados se toma como inició del Holoceno. El Holoceno es el periodo de la expansión del hombre en todos los continentes (a excepción de la Antártida), del paso del nomadismo al sedentarismo, del comienzo de la agricultura, del nacimiento de las primeras ciudades, del dominio del fuego y la forja de los metales y otros múltiples pasos que llevaron hasta la revolución industrial y las era atómica y de la informática.

No hay dudas de que el hombre se ha convertido en la principal fuerza geológica del planeta. Gigantescas ciudades eliminaron los paisajes naturales, millones de kilómetros cuadrados de planicies se transformaron en campos de cultivo y ganadería, colosales presas frenaron a los más grandes ríos para almacenar agua y generar electricidad; sumado a la explotación masiva de los recursos naturales no renovables, los canales interoceánicos, las variadas vías de comunicación, es la huella clara de la aparición y dominio de un mamífero: nosotros.

Por todo ello se busca crear una definición que contenga esta marca planetaria en el registro geológico y se ha sugerido llamarlo Antropoceno. Quien lo propuso originalmente no fue un geólogo, sino un premio Nobel de química, el Dr. Paul Crutzen, en un artículo que publicó en 2002 en la revista Nature. La idea tampoco es nueva y reconoce antecedentes en varios pensadores del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Uno de ellos fue el geólogo italiano Antonio Stopanni (1824-1891), quien en 1873 publicó un curso de geología en tres tomos, donde claramente expresó que estábamos viviendo en la era Antropozoica. Consideró al hombre como una “nueva fuerza telúrica la cual por su poder y universalidad podía ser comparada con las grandes fuerzas de la Tierra”. Stopanni está considerado como uno de los más grandes geólogos de Italia y su pensamiento está siendo revalorizado en estos días.

Otro antecedente interesante es la definición de un geólogo norteamericano, Joseph Le Conte (1823-1901), quién introdujo el concepto de Psicozoico y de era Psicozoica, para aquella dominada por la aparición del hombre. Por supuesto que antes que Stopanni y Le Conte hubo otros sabios que esbozaron ideas similares tales como el conde de Buffon que hablaba del “dominio del hombre”. El norteamericano J.D. Dana (1813–1895), le dio el nombre de “cefalización” y el ruso A.P. Pávlov (1854–1929) hablaba de una era Antropogénica. Quien mejor sintetizó todo esto fue el académico ruso Vladimir Vernadsky, padre de la biogeoquímica. Él potenció el concepto de biosfera que había sido postulado primero por Lammarck y más tarde por Edward Suess, con una dirección evolutiva que terminaba en el hombre. Junto al jesuita francés Teilhard de Chardin desarrollaron el concepto de Noosfera, o esfera del pensamiento.

Nuestro sabio Florentino Ameghino también aportó a la definición de una era especial marcada por el dominio del hombre o antropozoica. Las opiniones sobre el hombre como “rey de la creación” están muy divididas. Para algunos, Steven Jay Gould por ejemplo, el hombre no es más que un mero accidente en la evolución de la vida del planeta. En caso de extinguirse, la evolución seguiría su curso y los ambientes volverían a imponerse sobre las megaciudades y en pocos miles de años todo sería consumido y sedimentado quedando solo la marca del paso del primate autollamado sapiens.

Las religiones ponen al hombre como la cúspide de la creación portador de una misión en su tránsito terrenal hacia lo divino. Finalmente están los que piensan que la evolución humana es imparable y luego de agotar la Tierra, el hombre comenzará la terraformación de los planetas del sistema solar, especialmente Marte, así como nuestro satélite la Luna, y desde allí saltará hacia los exoplanetas de estrellas cercanas, para finalmente dominar la galaxia en un remotísimo futuro.

Como sea, la discusión se centra en donde poner el límite a la nueva era. La “revolución prometeica”, o sea el dominio del fuego, es demasiado antigua. El nacimiento de la agricultura, ergo del sedentarismo, resulta para otros un buen punto de inicio del Antropoceno. La expansión demográfica, la pérdida de biodiversidad, y la revolución industrial que comenzó en Europa a mediados del siglo XVIII, han sido señaladas como otro potencial punto de partida del nuevo periodo.

Pero cuando buscamos un signo para demarcar un intervalo en el tiempo geológico necesitamos que sea algo que afecte a la Tierra más o menos al mismo tiempo y que deje una marca global: un “clavo dorado”. Esto se cumple perfectamente con los isótopos radiactivos que aparecen en todo el planeta en las décadas de 1940 y 1950, desde los polos al ecuador, y que son una impronta global como consecuencia de las numerosas pruebas nucleares durante la carrera armamentística. La discusión está planteada con argumentos muy fuertes. Las derivaciones de aceptar o no un nuevo piso tendrán repercusiones ideológicas y políticas que irán mucho más allá de lo meramente académico.


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