Martín Risso Patrón: Crónicas Supinas...


Las profundidades del amor y la nostalgia

Las Crónicas Supinas (y alguna otra desmemoria), volcadas como un torrente de visiones y palabras por su autor, Martín Risso Patrón, son un sencillo (aunque no menos desesperado) homenaje al recuerdo y al amor en los que parece sumergirse sin medida y sin pudores que podrían volver prosaicos, estos últimos, los atajos viscerales hacia la nostalgia.

Nostalgia con la que Risso Patrón aprehende a su eventual lector (su cómplice), llevándolo por los rincones de un París que, probablemente ya no exista pero que mantiene el aire misterioso de las canciones de Aznavour, Bécaud, Montand o la Gréco quien, paradojas aparte, podría ser la imagen femenina que despunta en las páginas de Crónicas… y que, a pesar de la chispeante descripción del autor, destila la tristeza de un Pernod bebido en soledad.

Risso Patrón pasea por los andenes y suburbios de esa París de fin du siècle (siglo 20, claro) y sus recuerdos traen, sin que él se lo proponga, la fatalidad de César Vallejo o la desesperación y el error humanos de Le repos du guerrier, con la joven Brigitte Bardot que, seguramente, habrá amado el hacedor de Crónicas…

Pero también se nos describe aquí el puro erotismo, génesis y final del recuerdo amoroso: “…si te toco te digo si te huelo también cuando te escucho y me empalago de vos en una dulce humedad también te lo digo en ese movimiento de tus piernas al quitarte lo que te desviste para quedar huérfana pálida y propia ante mis ojos…”. Risso Patrón no necesita de las comas ni de los puntos aparte. Deja que cada lector construya su propio ritmo al ritmo que él lanza, nostalgioso, cuando muestra, además, Roma, Madrid o evoca a las walkirias.

El libro también penetra las oquedades de la infancia y, de pronto, desde allí, a su madurez, cargada de las manos de la madre, el viejo barrio (dónde aún vive, o trasciende más allá de la propia memoria), los árboles de palta, las vecinas y las caminatas que todavía sigue dando por las mismas veredas, con su sombrero (uno de tantos) que coloca inclinado en su cabeza, meneando todos sus pensamientos. Esos pensamientos que ratifican lo vivido y que, sin embargo, no le alcanzan para tomar la desmemoria, por la que acude a sus lectores a quienes pide “completar estas escrituras, definitivamente inconclusas”.

En síntesis, pudo ser un libro de poesía (de hecho, hay siete poemas en la parte final) pero salió esta poética pura alma, a sabiendas que se desgaja en cada palabra, como quien se quita el último traje para exhibir el pellejo de la vida. (Fuente: Agensur.info)


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